Tal era el país por donde yo comenzaba mi excursion en España,—la libre y activa Cataluña,—al saludar las costas de Barcelona, el 30 de marzo de 1859, desde el puente del vapor «Madrid».

Un magnífico sol de primavera, que preludiaba los alegres esplendores del mes de abril, poblaba de encantadores reflejos las ondas del Mediterráneo que sacudian sus blancas escamas contra los peñascos y las playas de la costa, suavemente ondulosa. La faja de la tierra se extendia claramente á la vista, con un cerco de barcos pescadores desplegando al viento sus sencillas velas; y en la orilla se destacaban sucesivamente, como nidos de gaviotas, las alegres poblaciones vecinas á Barcelona, contando desde Badalona y Masnou hasta la activa Mataró y Arenys de Mar.

Al llegar casi al puerto de Barcelona sentí prolongarse en los aires un silbido agudo que me llenó de placer. Era el aliento de una locomotiva, en uno de los ferrocarriles catalanes. La tierra enviaba como el mar su grito civilizador, saludando la locomotiva de la estacion á la que llegaba dominando las ondas. Aquel era un excelente augurio que revelaba este hecho: Cataluña es un país de actividad y civilizacion.

Si Barcelona es una plaza fuerte ó ciudad fortificada, este carácter, ya casi puramente histórico, desaparece ante las condiciones económicas que le dan su tipo especial. Plaza esencialmente fabril y comercial, es no solo el gran centro económico del vasto valle del Ebro, sino la primera ciudad mercantil de España y una de las mas importantes del Mediterráneo. Barcelona es la Marsella de España.

Al llegar al puerto, que es topográficamente malo, se comprende todo lo que ha influido la actividad industrial de los Catalanes para darle una importancia á que la naturaleza no lo llamaba. En lo general España no ha sido inteligente en la eleccion de sus puertos del Mediterráneo, puesto que en vez de aprovechar sus bahías y mejores ensenadas ó pequeños golfos, ha situado sus mejores plazas mercantiles, con raras excepciones, en puntos donde las flotas mercantes ó de guerra no pueden encontrar el abrigo suficiente. Así, en Barcelona y Tarragona, en el Grao de Valencia y en Málaga, es el poder de la hidráulica el que ha logrado ofrecer algunas ventajas á la navegacion y el comercio, creando verdaderos puertos artificiales.

El viajero que llega preocupado con noticias falsas respecto de España, suponiendo que toda ella es un país uniforme en su civilizacion, encuentra un magnífico desengaño al llegar a Barcelona, ciudad que tiene la fisonomía de una colonia fundada por Fenicios y conservada por Ingleses y Franceses. Todo tiene allí el tipo de lo extranjero, del cosmopolitismo y de la vida independiente de la influencia puramente española.

El puerto, resultado de grandes pero incompletos trabajos hidráulicos, que avanzan hácia el mar por un lado, es una bolsa irregular, de unos 1,500 metros de desarrollo. Al entrar, se ve á la derecha la nueva y simétrica poblacion de Barceloneta, especie de ciudadela mercantil, que tiene en avanzada el muelle de descarga, el faro y la primera estacion de ese cuartel de fiscalizacion egoista que se llama Aduana. En el fondo y hácia la izquierda están: la puerta principal, que da sobre la hermosa «plaza de Palacio,» la Aduana, el palacio de las Bellas Artes y la Bolsa; y luego se destaca la colosal muralla hácia el sur, sirviendo de base á un vasto parapeto, dominado par una larga fila de casas espléndidas, elevadas, pintorescas, que tienen el aire de palacios de la clase media. Despues, la curba se prolonga como queriendo cerrar el puerto, y su costa está dominada por una alta colina que sirve de asiento al fuerte de Monjuí, centinela puesto allí por el genio de la guerra y de la desconfianza, como uña amenaza secular para el comercio, que es el genio de la paz y la prosperidad.

Cataluña es un país que no puede ser descrito sino con grandes rasgos, porque es un país de carácter cosmopolita, donde los pormenores desaparecen ante el interes del conjunto. Si al penetrar con el lector en las demas provincias españolas me detendré mucho en pormenores, porque ellos son todo en la region goda, andaluza y vascongada,—al indicar mis impresiones recogidas en Cataluña tengo que reducirme á la fisonomía general del pais, que revela todas las condiciones.

Cataluña, comprendida entre los Pirineos, el Aragon, la provincia de Castellon y el Mediterráneo, ocupa una décima quinta parte del territorio español y tiene una poblacion total de 1,700,000 almas, es decir, la novena parte de la poblacion española en Europa. Esa desproporcion nomas indica el mayor grado de actividad de Cataluña, por una mas fuerte condensacion de habitantes, lo que determina un mayor cultivo de la tierra y mas industria, comercio y cultura social.

La sola ciudad de Barcelona tiene 190,000, si no 200,000 habitantes, y se cuentan en Cataluña otras ciudades bien considerables, como Reus, Tarragona y Lérida, y algunas que no bajan de 14,000 almas; pero en lo general la poblacion catalana está repartida en los campos y una multitud de pequeños centros fabriles muy interesantes. La propiedad territorial, por otra parte, está muy repartida; la navegacion absorbe la actividad de una fuerte parte de la poblacion, naturalmente independiente; y siendo tan esencialmente fabricante el pais, sus masas de obreros en las poblaciones son de mucha consideracion. Todos estos hechos son de la mayor importancia para poder apreciar las condiciones sociales de Cataluña.