—Al precio cotizado ayer.
—¿Rebajaría U. diez céntimos?
—Si no es á plazo sí,
—¿Podría U. conseguirme diez mil duros mas?
—Sí.
—¿Otros cinco mil?
—Sí.
—Dicho.
Los dos negociantes, sin mas conversacion, se separaron, despues de apretarse la mano. Al dia siguiente supe, porque el asunto me habia interesado mucho, que el negociante interrogado habia ido, á las diez de la mañana, á casa del otro á entregarle cuarenta y cinco mil duros en renta del tres, y recibir el dinero en billetes de banco. El vendedor habia perdido mil duros para poder conseguir los quince mil prometidos de mas que no tenia en caja. Sin eso, habría quedado deshonrado y perdido ante el comercio de Barcelona. La sola palabra dicho, pronunciada despues de una conversacion clara, cierra un contrato y lo hace obligatorio.
Si un negociante que acaba de hacer un cobro se apercibe ántes de las veinticuatro horas de que ha recibido algo de menos, por equivocacion, va donde el pagador, reclama, y sin mas prueba que su palabra (si es hombre conocido), recibe el déficit. Como todo se puede verificar luego, no se piensa jamas que un negociante conocido pueda faltar á la verdad ni cometer un fraude. Un pueblo donde la palabra tiene tan alto valor, es evidentemente un pueblo honrado y activo.