Pero hay una lengua, un acento universal y formidable que domina y hace callar á las demas lenguas: la del océano…. Al pié del poderoso dique se extiende la vasta playa destinada para los baños de mar. Centenares de casitas ambulantes, sobre ruedas, tiradas por caballos en las horas de baños, yacen allí á disposicion de los amigos de la hidroterapia; y multitud de gentes, particularmente mujeres y niños, vagan por el ancho cascajal, recogiendo conchas, plantas ó piedras curiosas, ó retozando con las olas de la marea que sube sacudiendo sus crespos torrentes espumosos, que parecen inmensas serpientes de plata enroscadas en interminable sucesion. El mar ruge, se recoge, se encrespa, se lanza colérico sobre la playa en estupendas moles, se estrella y despedaza, chispea y se desata en mil torbellinos resplandecientes, apagando casi instantáneamente el chasquido y hervor de cada ola, al retirarse frotando el cascajo de la amplia liza en que sostiene su combate, con el estruendo de las grandes ondas que parecen bombardearse en las lejanas sinuosidades del inmenso abismo….
¡Qué de variedad en aquella aparente monotonía del sublime elemento! ¡Qué de combates y rumores en aquel abismo de inagotable vida y majestad suprema! ¡Qué de inspiraciones para el poeta, el filósofo y el artista en el seno de aquella soledad ostensible, que esconde tantos millones y millones de séres y es el mas grandioso símbolo de la omnipotencia de Dios y de la divina armonía de la Creacion! Esa sociedad inquieta, indiferente y ociosa que se agita en presencia de aquella majestad ¿comprende acaso el lenguaje misterioso del océano? No lo sé: lo que sé es que al alejarnos de aquel espectáculo tan complejo, el hombre nos parecia mas bello y noble, puesto que ha podido reinar sobre el gran soberano del abismo!
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CAPITULO VI.
DE OSTENDE A PARIS.
El nor-oeste de Bélgica.—Courtrai y la frontera.—La ciudad de Lila.
—Douai.—Arras.
Despues de visitar á Ostende, nuestra excursion en Bélgica debia terminar. Era tiempo de volver á Paris, puesto que el resto del país flamenco no llama la atencion sino bajo el punto de vista agrícola y fabril. Por lo que hace al sur de Bélgica, la pintoresca region de la hoya del Meusa, nos prometíamos poderla conocer mas tarde, al hacer alguna otra correría.
De Ostende era preciso volver á Brujas (ciudad que, lo diré de paso, es renombrada por sus mujeres hermosas), y allí debíamos seguir por el ferrocarril que conduce á Courtrai, en direccion al norte de Francia. La via que gira por las campiñas occidentales de Flándes es poco interesante relativamente, si bien es mucho ménos monótona que la de Brusélas á Ostende, por Gante y Brujas. Donde quiera se abre sobre la vastísima llanura un inmenso horizonte, y el terreno carece de inflexiones perceptibles. Por todas partes ricas praderas, campos esmeradamente cultivados, principalmente cubiertos de plantaciones de lino, remolachas, lúpulo, tabaco, legumbres y plantas de granos oleaginosos. Y en medio de esas praderas y esos campos, graciosos caseríos, ó aldeas ó pequeñas villas, demorando ya á orillas de un riachuelo, ya á poca distancia de algun canal, y mostrando siempre en la sencillez de sus edificios, en la pulcritud de los lugares visibles, en la esmerada conservacion de sus huertos y jardines y en el aire pacífico y honrado de las gentes, cierto conjunto que forma la mas simpática armonía.
Un hecho notable en las comarcas flamencas es la feliz distribucion de la poblacion. Tan presto se la ve concentrada sin exceso en numerosas villas ó pequeñas ciudades de 8 á 12,000 habitantes, como se la encuentra naturalmente repartida en pequeñísimas localidades, de actividad exclusivamente rural, por lo comun, ó dispersa en innumerables cortijos ó habitaciones campestres. Como el gobierno no ejerce ninguna accion que concentre artificialmente en las grandes ciudades la poblacion de obreros y otras gentes en solicitud de altos salarios y una existencia de lujo, el campesino permanece fiel á su campiña. Así, la agricultura prospera constantemente, al mismo tiempo que la fabricacion se desarrolla en las ciudades y villas secundarias; sin que las costumbres de los trabajadores, el equilibrio de las industrias, ni la regularidad de los salarios sufran perturbaciones peligrosas, como en otros países.
La vida del agricultor flamenco es dulce y tranquila, en cuanto lo permiten sus labores activas y el rigor del clima en el invierno. Siempre ocupado en algun trabajo, sus faenas varían según las estaciones. Así, durante los meses propios para los trabajos agrícolas, toda consagracion del campesino flamenco es para la tierra; cuando el invierno hace suspender ó terminar aquellos trabajos, el hogar doméstico se convierte en una pequeña fábrica, ó al ménos un auxiliar de la fabricacion. Cada labrador se ocupa entónces en las preparaciones que exigen el lino, el cáñamo, el lúpulo, etc., para ser utilizados en la fábricas; ó bien en la casa del labrador se fabrican hilados, encajes, algunos tejidos, cabullas y otros productos industriales. Nada es mas necesario para la moralidad y el bienestar de las clases trabajadoras, en países donde la diversidad de estaciones modifica los climas, que la coexistencia de la agricultura y la industria, en beneficio comun, que permite aprovechar el tiempo en todos los meses del año.