Un modesto coche de movimientos repulsivos nos condujo por el húmedo y melancólico valle, en cuarenta minutos, á la célebre ciudad de Altorf, capital del Canton, donde Guillermo Tell ganó la inmortalidad con la famosa proeza de la manzana y la flecha. La triste y pobrísima capital del Estado soberano de Urí demora en el fondo del valle, al pié de la amenazante mole de Grumberg, y teniendo de un lado el Reuss, de otro el Schachoenbach, su afluente, y al norte la cercana ribera del lago. El aspecto de las calles es triste y desolado, y donde quiera se ven ruinas que manifiestan cuánto ha tardado la ciudad en reponerse del terrible incendio que la devoró en 1799. Apesar del orgullo con que los vecinos señalan su bonita catedral (que no carece de algunos objetos interiores apreciables) y sus cuatro ó mas conventos, de los cuales tienen por muy interesante el de Capuchinos (que dicen es el mas antiguo de toda la Suiza); apesar de eso, digo, Altorf con sus 2,150 habitantes, su silencio y quietud y su miseria, no interesa al viajero sino por los recuerdos que despierta con sus fuentes conmemorativas del heroismo de Guillermo Tell, y su torre de curioso aspecto, que se alzan en la calle principal.
Una de esas fuentes está situada en el lugar donde el terrible Gessler hizo colocar al hijo de Guillermo para que este traspasase con su flecha la manzana puesta sobre la cabeza del inocente niño. La fuente está coronada por la estatua del heróico patriota con una bandera en la mano. A poco mas de cien pasos se halla la otra fuente con el grupo de Guillermo y su hijo. Guillermo, condenado á la terrible prueba, que podia costarle tan caro pero que le devolvia la libertad necesaria para servir á la patria, estrecha contra su corazon al fruto de su amor, muestra la alabarda debajo de un brazo, y alza la mirada con altivez, confiando en Dios y en la santidad de su causa. Mas allá está la torre de sencillas formas, pintada en su exterior con frescos que representan la historia de Guillermo. La calle estaba solitaria, y los tres monumentos nada valian á nuestros ojos como obras de arte, ni nos recordaban una epopeya que pudiera interesarnos personalmente. Y sinembargo nos sentímos profundamente conmovidos. Había tanta elocuencia en esos monumentos de tan vulgar ejecucion, tal candor en el culto que les tributan los humildes y pobres habitantes de Altorf, y tantos motivos para comprender el valor de esa sublime virtud que se llama el patriotismo!… Esa inmortalidad de un nombre y una leyenda al traves de tantos siglos, y esa elocuencia de dos toscas estatuas en el fondo de un pobre valle de Suiza,—inmortalidad comprendida y elocuencia bien sentida por dos almas viajeras nacidas en el corazon de los Andes,—¿no eran las mejores pruebas de que el patriotismo no es un delirio sino una gran virtud, una religion, y que la gloria no es una quimera, sino una eterna auréola de los grandes caractéres y de los pueblos libres?
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Las proporciones del canton de Urí son bien reducidas. Jamas Estado alguno ofreció mejor la prueba de que no era vana la promesa de Cristo: los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros. Urí, primer Estado de la Confederacion en el órden de admision, es el último por su riqueza ó producciones y su poblacion: esta apénas excede de 14,700 habitantes, todos católicos y que hablan la lengua alemana muy adulterada, lo mismo que los de Unterwalden, Schwyz y Zug. El humilde canton es sinembargo superior á otros diez cantones en cuanto á la extension territorial, pues mide una superficie de 1,092 kilómetros cuadrados, teniendo en su mayor longitud (de S. á N.) 25 kilómetros, y en su mayor anchura 43. El Canton es visiblemente pobre, apesar de sus numerosos valles, algunos bastante abrigados, y de contar con la via internacional de San-Gotardo. Sus producciones de alguna importancia se reducen á la cria y exportacion de ganados, fabricacion y exportacion de quesos, corte de maderas en las magníficas florestas de las montañas y cultivo de árboles frutales y papas ó patatas.
Por lo que hace á las instituciones y costumbres, bastará dar una idea general de los tres cantones que son objeto de este capítulo, y que tienen completa analogía en su historia, condicion social y económica y organizacion política, judicial y religiosa. Mas adelante, al hablar del canton de Schwyz, diré lo que me parece mas interesante. Desde ahora solo haré notar una circunstancia que es comun á los tres cantones. Nacidos, como Estados soberanos, de una liga heróica, espontánea y fraternal para conquistar la independencia respecto de la antigua casa de Austria, su suerte ha sido comun en todo tiempo, tanto en las contiendas interiores de la Confederacion como en el largo período de guerras á que dió lugar la revolucion francesa. A esa comunidad histórica y política y á la de raza, lengua, religion, costumbres, instituciones y producciones agrícolas, se agrega la de la topografía, cuya influencia ha sido muy notable. La doble circunstancia de estar esos cantones compuestos de series de valles que se bifurcan ó reunen en admirable armonía, no obstante su variedad y de ofrecer paso hácia la via del San-Gotardo (comercial y estratégica al mismo tiempo), ha provocado naturalmente la colision de ejércitos enemigos, en los tiempos de guerras europeas, sobre el teatro de los pequeños cantones del centro de Suiza. Así, el viajero no recorre ninguno de esos valles sin encontrar uno ó mas campos de batalla donde los Franceses lucharon con prodigiosa energía y audacia contra las fuerzas muy superiores de los generales rusos y austríacos. Al atravesar esos campos de batalla no puede uno ménos que admirar el contraste entre la humildad y el silencio de aquellos lindos valles solitarios y recónditos, y la grandeza de las cuestiones europeas que el genio de la revolucion y el de la guerra debatieron allí sobre un campo neutral. ¡Con cuánta majestad y aterradora solemnidad debieron resonar los ecos del cañon en el seno de aquellas concavidades de granito coronadas de hielo! ¡Cuán triste es pensar que la guerra, aparte de todas sus violencias, sus horrores y los ultrajes que infiere á la humanidad y la civilizacion, comete con frecuencia el gran crímen de escoger como teatro de sus barbaridades el suelo de algun pueblo pacífico, neutral, indefenso y humilde! Bastaría recordar que el hijo de Burdeos ó del Havre se ha batido terriblemente con el salvaje Cosaco de los desiertos mas lejanos, en el fondo de los valles de Suiza, para comprender todo lo que la guerra de ambiciones y conquistas tiene de inicuo y detestable.
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Volvímos á Flüelen, y en vez de embarcarnos de nuevo en un vapor para dirigirnos á Schwyz por Brunnen, tomamos una pequeña barca manejada por solo un remero. Este era el único medio de poder apreciar de cerca las magnificencias geológicas de la parte del Waldstatter llamada lago de Urí. En efecto, no recuerdo haber visto en ningún otro país de Europa, excepto sobre las orillas del Elba, en la admirable comarca llamada «Suiza sajona», estratificaciones rocallosas tan extrañas y grandiosas, tan sorprendentes por sus variadas formas y su aspecto romántico, tan originales, por decirlo así, como las que ofrecen las formidables paredes que circuyen el lago, sobre todo en la orilla oriental, en el trayecto que média entre Flüelen y Brunnen. La ligera barquilla, de muy tosca construccion, saltaba como un pez, cediendo á las fuertes ondulaciones del agua agitada por el viento del sur. En los primeros minutos no dejamos de tener miedo, porque los movimientos eran muy desordenados, el viento nos azotaba con fuerza y á veces saltaban sobre el fondo de la barca chispazos espumosos que nos mojaban. Ademas, sabíamos que en el lago las borrascas eran casi siempre repentinas y peligrosas para frágiles barcas. Pero nuestro batelero, hombre de fisonomía ruda pero honrada, y conversador como pocos (tanto mas cuanto que tenia que conversar por tres, porque no entendia jota de frances, inglés ni ménos español, y nosotros éramos incapaces de decirle mas de seis ú ocho palabras en aleman) nuestro batelero, digo, nos tranquilizó á fuerza de señas, haciéndonos comprender que no habría borrasca sino tres horas despues, y que la extrema agitacion de las ondas no dependia sino de la proximidad de las rocas y los ocultos arrecifes.
Por lo demas, era tal nuestro encanto á la vista de las maravillas naturales que nos rodeaban, que en breve nos faltó tiempo y espíritu para tener miedo. El lago estaba en aquellos momentos absolutamente desierto, y nosotros, á pesar de los aires nacionales que silbaba de tiempo en tiempo el humilde batelero, íbamos completamente entregados á la suprema delicia de la contemplacion de la naturaleza, á cuyo poema se mezclaban los silenciosos himnos del amor y los recuerdos de la patria,—esa dulce querida que no tiene sexo para sus adoradores. Tocamos en la roca donde Guillermo Tell puso el pié para escaparse de la barca de Gessler, y visitamos la capilla que apénas habíamos mirado de paso cuando íbamos á bordo del vapor. Cuarenta minutos despues llegábamos al puerto de Brunnen, y tomábamos un coche que debia llevarnos por la via de Schwyz á Goldau, al pié del monte Rigi.
Brunnen que, como he dicho, es el puerto del canton de Schwyz para sus relaciones comerciales del lado del lago de Waldstatter, es un pueblecito insignificante, situado en el límite del valle del Muotta (Muottathal), pero que no carece de interes bajo el punto de vista histórico. Fué en Brunnen donde, el 9 de diciembre de 1315, los delegados de los tres cantones primitivos contrajeron la alianza definitiva que fundó la base de la Confederacion; allí se reunian las dietas ó asambleas de diputados y jefes de Schwyz, Urí y Unterwalden para resolver sobre los negocios comunes de la Confederacion madre; y allí combatieron con furor, al fin del siglo pasado y principio del actual, los ejércitos de Francia y Austria que se disputaban la via del San-Gotardo.
El valle de Brunnen, regado por las aguas reunidas de los valles opuestos de Muotta y Lowerz, y limitado al norte por la serranía que tiene su núcleo en el Rigi, es muy gracioso, fértil y pintoresco. Donde quiera el viajero mira con delicia enjambres de huertos rodeados de húmedas praderas que tienen su límite en las montuosas faldas de las montañas; y echa de ver que en ese valle demora una poblacion de costumbres apacibles, contenta con su modesta condicion y fuertemente adherida á sus tradiciones y á los hábitos de libertad democrática y culto católico-romano.