«El gobierno, me dijo, tiene muy minuciosamente reglamentado el cultivo del tabaco en este y otros departamentos. Solo unos pocos de estos tienen permiso para cultivarlo, aunque muchos otros pudieran hacerlo con gran provecho. La autoridad no concede permiso sino á personas de confianza. El cultivador está obligado á sembrar la planta y coger las hojas en cierto tiempo; no tiene disponibles para el cultivo sino cien dias; le es prohibido dejar á la planta mas de trece hojas, y dejarla en tierra para obtener segunda ó tercera cosecha; el lugar destinado á secar las hojas (el hangar) debe tener cierta forma legal; y la autoridad tiene el derecho de visitar todo, y en caso de contravencion imponer penas y aun destruir lo que es violatorio, y retirar el permiso. Yo mismo, á pesar de las garantías que ofrezco, no he podido obtener licencia para hacer con la planta y sus medios de cultivo ciertos experimentos muy importantes, que implicarían una insignificante relajacion de los reglamentos. El departamento podría ganar mucho con el ensanche del cultivo, pero no se puede.»
«Y bien, le dije al Sr. B—— cogiéndole in fraganti, ¿cree U. que esa reglamentacion es un bien para la Francia?»
«Sin duda que no, bajo el punto de vista de la agricultura, me replicó. Pero ¿qué quiere U. que se haga, si nuestro gobierno tiene una excelente renta con el monopolio del tabaco[34]?» Un frances, por regla general, se detiene en presencia de un hecho como ante una muralla.
[34] Mas de 200 millones de francos, de los ouales solo unos 60 ó 70 representan los gastos.
Nuestras conversaciones en familia con nuestros amigos de Liebfraunberg no eran ménos adecuadas para darnos idea de las cualidades de una parte de la sociedad francesa, la mas sólida, la más influyente en realidad y la mas estimable, Hablo de esa porcion de la clase media en que no figuran ni el banquero (el hombre de Bolsa y de vida agitada y fascinadora), ni el especiero, el confitero y demas entidades vulgares de la bourgeoísie; porcion que se compone de sabios, literatos de conciencia, propietarios y negociantes de vida modesta y regular, en cuyo seno la familia tiene una importancia primordial, el deber preside á todo, la instruccion es una necesidad, la moralidad una condicion esencial de la vida, la moda una extravagancia ridícula, y los goces de la inteligencia los mas dignos de solicitud, así como los del alma.
En esa region de la clase media francesa reinan en las relaciones sociales la cordialidad, la franqueza y la benevolencia, dirigidas por el buen gusto y ese fondo de buen sentido, de razonamiento sólido y claro, que son los distintivos del mundo que no se ha viciado con las intrigas de la especulacion, la vanidad y los delirios de la ostentacion ó la moda, y las indignidades de la vida cortesana. En la clase de que voy hablando, la sencillez es la condicion característica de todos los actos, exentos de los vicios de ciertas aristocracias, y de la vulgaridad, la envidia y la ligereza superficial de ciertas muchedumbres. El calembour maligno, ó indecoroso, ó insustancial cuando ménos, no tiene cabida en la conversacion realmente espiritual y amable de la sociedad á que me refiero. Creo que se sufre un gravísimo error en calificar á los Franceses en general como un pueblo ligero, petulante, novelero y aún vicioso; calificacion que, fundándose solo en la observacion de las clases aristocráticas de mala ley y de las que pertenecen á lo que en Francia se llama el medio mundo, manifiesta una profunda ignorancia respecto de la vida social fuera de Paris, y aún en Paris, en las esferas sanas de la sociedad francesa.
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CAPITULO III.
BADEN-BADEN.
El paso de la frontera.—Aspecto general de Báden-Báden.—El mundo á la moda y las ciudades de aguas medicinales.—Monumentos y curiosidades de Báden-Báden.—Sus cercanías.