Los campos de Alsacia respiraban alegría, brillantemente dorados por el sol de la mañana, cuando dejamos la casa que nos habla dado tan grata hospitalidad. Un char-à-bancs campestre, á falta de coche por el momento, nos llevaba; con una amable familia de excursionistas, al traves de los graciosos planos inclinados y las pequeñas planicies de los cantones que recorríamos, pasando por en medio de viñedos, plantaciones de lúpulo, extensos y tupidos trigales, bosquecillos y huertos de legumbres, al derredor de las aldeas ó los pequeños lugares de esa comarca enteramente agrícola. Poco despues tomamos el tren que se dirigia de Weissenbourg á Estrasburgo, y en breve volvímos á la gran ciudad alsaciana para salir de Francia y continuar nuestra excursion por la Alemania del Rin.

Un ómnibus debía conducirnos á Kehl, como al entrar á Francia. En la ribera izquierda del Rin se repitió la operacion anterior, de manera que pasamos el puente bajo la guardia de un gendarma badense, despues de consignar en el territorio frances pasaportes y equipajes. Como al entrar á Báden por la via de Suiza se nos habia tratado á todos los viajeros con liberalidad y confianza, no pude ménos que extrañar la diferencia respecto de Francia. Un compañero de ómnibus me explicó que el gobierno de Báden procedia de ese modo, haciendo tan notable distincion, no porque el espíritu inquisitorial respecto de los viajeros fuese propio de las instituciones y costumbres badenses, sino por via de compensacion ó represalia, en razón de lo que se hacia en Francia con los viajeros procedentes de Báden. Ademas, en agosto de 1859 estaba muy reciente la guerra de Italia, y esta habia suscitado profundas desconfianzas en Alemania, despertando recuerdos que irritaban el sentimiento nacional. Así, la observacion práctica me hacia ver el triste círculo vicioso de la política internacional, en que todos los hechos se enlazan de tal manera que cada Estado se cree condenado á ser suspicaz y desconfiado por la sola razón de que el vecino le da talvez el ejemplo. Una desconfianza engendra otra, y el resultado es que la política tiende á contrariar los felices resultados de esas creaciones de la civilizacion que, como la prensa, los ferrocarriles, los telégrafos, los bancos y la navegacion á vapor activa, conducen á suprimir las fronteras, en cuanto estas significan separacion y antagonismo de los pueblos.

En estas cosas meditaba yo, al volver á Kehl, cuando un penoso y al mismo tiempo risible incidente nos llamó la atencion hácia algunos de los viajeros que se hallaban en la estacion del ferrocarril. Tres de ellos estaban consagrados exclusivamente á reprimir los arranques inofensivos de un pobre loco, á quien acompañaban con destino á un establecimiento especial de Alemania. Según lo que nos refirió uno de los compañeros, el pobre jóven habia sufrido una desgracia de familia: su padre habia muerto en el lugar natal, en un departamento del nordeste de Francia, dejando muchas deudas que pagar, y sin comprobacion algunas acreencias importantes. Ello es que un acreedor habia caido sobre la herencia negativa, y el jóven huérfano, que tenia como 25 años, sufrió una doble amargura. Como pudo se fué luego á Paris «á pedir justicia al emperador», según decía, como si el emperador tuviese algo que ver con el asunto, y en Paris acabó de perder el juicio. En breve dió en la manía de que le habian arrebatado su herencia, que era nada ménos que el trono imperial de Francia, en su calidad de hijo primogénito de Napoleon II.

Cuando observamos al pobre loco, cuya fisonomía dulce y triste revelaba un carácter benigno, estaba empeñado en comprometer á varios viajeros á que le defendieran su causa, convocando á todos los reyes de Europa (inclusive el cura de la parroquia del demente) para que en Consejo supremo resolvieran que se le devolviese el trono que le pertenecia. Los viajeros oyentes, por no contrariarle, le decían que harían todas las diligencias posibles. Lo curioso es que los tres conductores del loco inofensivo llevaban tambien á su cargo otro furioso, á quien habian encerrado en una pieza de la estacion miéntras llegaba el momento de entrar al tren. Este segundo hablaba nada menos que de serios proyectos de asesinar al Anticristo, y mostraba los puños como un endemoniado, lanzando miradas lenas de cólera sombría. Las señoras le observaban de léjos con terror, y pedian con instancia que los locos tuviesen un wagon aparte. Una de ellas temia que los movimientos del «loco malo» hiciesen descarrilar el tren. En cuanto al «loco bueno», como llamaban al pretendido emperador para distinguirle del otro, dió la última prueba de benignidad, al entrar al wagon, alargando la mano derecha á los viajeros para que se la besasen respetuosamente. El tren partió, y la fresca lozanía de las llanuras badenses nos hizo olvidar en breve las tristes emociones que nos causaron los dos locos de tan distinto estilo. ¿Por qué no ser indulgentes con los locos enfermos, si á cada momento lo somos tanto con nosotros mismos, que por estar ó creernos sanos nos calificamos de cuerdos?

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La graciosa ciudad de Báden-Báden, que cuenta unos 6,000 habitantes y es la residencia de verano de la familia gran-ducal, demora en el fondo de un risueño y pintoresco vallecito, determinado por algunos bajos estribos de la Floresta-Negra. Situada á orillas del arroyo llamado Oosbacht y en plano inclinado sobre las faldas de algunos contrafuertes de las montañas, la ciudad interesa desde el primer momento, por el contraste que hace la sombría vegetacion de las alturas vecinas (compuesta de encinas y corpulentos abetos principalmente) con los viñedos, los árboles frutales, las hortalizas y las bellas alamedas del fondo del valle.

La parte principal de Báden-Báden se extiende sobre la márgen derecha del Oosbacht, y remonta hasta terminar al pié del Castillo-Nuevo, graciosa residencia de verano del gran-duque, rodeada de magníficos bosques artificiales y jardines. Si la ciudad carece de carácter verdaderamente aleman, es porque su tipo es el de todas las ciudades que sirven de punto de reunion á la sociedad elegante ó vagamunda de Europa en los meses de excursiones divertidas. Así, la calle principal es una especie de Prado, orillado por multitud de espléndidos hoteles, á donde afluyen sin cesar las gentes á la moda de todos los puntos de Europa.

Al lado izquierdo del arroyo se destacan vastas y hermosas arboledas, magníficas quintas y residencias suntuosas, y los edificios modernos que son los atractivos principales de Báden: la Casa de Conversacion y la Trinkhalle ó galería de las aguas medicinales que dan tanta celebridad á la pequeña ciudad promiscua. Despues se levantan en todas direcciones bellos cordones de montañas de romántico aspecto, sobre cuyas cimas, dominando los estrechos vallecitos intermediarios, se ostentan como soberbios miradores algunos castillos de opulentos personajes, y principalmente las imponentes ruinas del Castillo-Viejo.

Es recorriendo las alamedas que rodean la Casa de conversacion y la Trinkhalle que el excursionista curioso tiene alguna idea de lo que es en Europa esa parte de la sociedad que se llama «el mundo á la moda,» y del carácter particular de las ciudades de aguas medicinales. Allí todo está destinado á fascinar y aturdir al hombre inexperto y ansioso de impresiones nuevas; á hacer de la vida un torbellino de placeres efímeros y artificiales, una pesadilla de suntuosas miserias, en que la vanidad y la codicia, disfrazadas con las apariencias del vicio elegante, hacen los principales papeles. ¡Ay del que caiga en la tentacion y no sepa resistir á los impulsos de la vanidad ó del espíritu de imitacion!

En Alemania, donde hay tantos Estados literalmente microscópicos, tantos reyezuelos que para no vivir indigentes necesitan aguzar mucho el ingenio en punto á recursos fiscales; en Alemania, donde el orgullo tradicional de tantas dinastías de segundo, tercero y cuarto órden somete á los pueblos á la necesidad de dejarse explotar mas ó ménos para mantener el rango de los príncipes; en Alemania, digo, se ven instituciones y costumbres muy curiosas, que ningún otro país toleraría talvez. De los príncipes alemanes, algunos viven á expensas de los viajeros, gracias á los pasaportes, las propinas que es preciso pagar por visitar innumerables palacios, museos y otros edificios curiosas; y otros no tienen escrúpulo en especular con los vicios y la vanidad, poniendo en arrendamiento grandes garitos europeos que, por ser suntuosos y hasta cierto punto aristocráticos, no dejan de ser garitos públicos. Cuando no es un príncipe el empresario indirecto, el explotador de la mina es alguna ciudad. De ahí esas casas de juego permanente abiertas ante la Europa, que contribuyen tanto á hacer saludables las aguas medicinales de Báden-Báden, Wiesbáden, Homburgo y otras ciudades alemanas de la hoya del Rin. Confieso francamente que, cuando veo que hay en Europa gobiernos que especulan con loterías, casas de juego, bolsas y otras instituciones análogas, no comprendo la razón que tengan para perseguir á los bribones por medio de la policía y los tribunales[35].