El del Yona, con 368,000, que cuenta algunas villas y ciudades bastante industriales, como Auxerre (la capital), Sens, Joigny, Tonnerre, etc.
Despues la via sale de la hoya del Sena para pasar á la del Saona, de modo que se sirve sucesivamente del curso de valles que se inclinan, en opuestos sentidos, hácia el canal de la Mancha y el Mediterráneo. De esa manera el ferrocarril sigue por los departamentos de:
La Costa-de-oro, con 386,000 habitantes, centro principal da la antigua Borgoña, teniendo por capital á Diyon (Dijon), ciudad tan interesante por sus monumentos y su historia como por su movimiento social.
El de Saona-y-Loira, con 575,000 almas, no ménos importante que el anterior por sus vinos, y cuya capital es Macón.
Por último, el del Ain, con 370,000 habitantes, capital la ciudad de Burgo ó Villa (Bourg), antiguo centro administrativo de la provincia de Bresa (Bresse); comarca que se extiende entre el Saona, el Ródano y las montañas del Jura, partiendo límites con los cantones helvéticos de Ginebra y Vaud y la alta Saboya, ó Saboya setentrional, hoy departamento frances.
Quiso la fortuna que nuestro primer dia de viaje fuese favorable al natural deseo de recoger impresiones, siquiera fuese al pasar. Aguardábase al emperador de los Franceses, quien volvía de su campaña de Italia,—ese episodio extraño, grandioso por sus formas y contradictorio en su objeto y resultados. Napoleon III venia de Italia vencedor y vencido al mismo tiempo: vencedor en las batallas; vencido despues en el terreno diplomático, caliente todavía la atmósfera con el fuego terrible de Solferino. Pero los pueblos, que jamas juzgan la política sino por las apariencias,—sobre todo los que tienen la candidez campestre,—no sabian de la guerra de Italia sino dos cosas: que los Franceses, sus compatriotas y hermanos, se habian batido heróicamente, según su costumbre, y eran los vencedores, y que su jefe, el emperador, volvia á recibir las ovaciones del triunfo.
Donde quiera, desde Macón hasta adelante de Bourg, se veian los mas curiosos grupos de paisanos, resaltando en los cuadros pintorescos y risueños de las pequeñas poblaciones ó las estaciones del ferrocarril, rodeadas de enanos sauces de ampuloso follaje, huertos y jardines, viñedos escalonados en las faldas de las colinas, lucientes praderas y plantaciones de cereales. Se veia bien que las autoridades habian trabajado con actividad en preparar recepciones oficiales con honores de populares, como acontece donde quiera. En toda la línea se ostentaban bosques de banderas, arcos de triunfo, alegres y vistosos pabellones, escudos de armas y trofeos, inscripciones y medios de iluminacion. Aquello nada tenia da curioso, porque era artificial: era una fiesta de sub-prefectos y alcaldes principalmente. Lo que llamaba la atencion era el largo cordon de grupos de paisanos, llenos de curiosidad, impacientes pero joviales, á veces burlones, que hacian estallar sus estentóreas carcajadas al derredor de las estaciones de la línea.
A cada trecho veíamos, bajo los sombreros de fieltro burdo, ó de paja amarilla y anchas álas, fisonomías femeninas bastante graciosas, con ese color vago del tipo de la Francia centro-oriental, que no es ni el rubio delicado de Picardía y Normandía, ni el suave sonrosado de las alturas jurásicas, ni el moreno picante de las gentes que pueblan las comarcas meridionales de Francia. Donde quiera tambien nos interesaba la robustez del campesino, su rusticidad mezclada de buen sentido y astucia, sus movimientos desembarazados y su insaciable y cándida curiosidad. Y todo eso realzado por cierta originalidad de vestidos que, sin tener la gracia de los alpestres y meridionales, ni la curiosa extravagancia de los bretones, normandos y alsacianos, nos revelaban una tendencia notable hácia las combinaciones pintorescas.
Al pasar ó detenerse el tren que nos trasportaba, estallaba en cada uno de esos numerosos grupos de paisanos un hurrah! borrascoso, por via de saludo, y no faltaban quienes, queriendo sazonar algun chiste del vecino, exclamaban por este estilo:
—Eh, señor maquinista! digale U. á Su Majestad que se dé priesa!