El verso se improvisa, pero la prosa no; la prosa viene con los años.
Las épocas de construcción, en las que todos los hombres son pocos; las épocas amasadas con sangre y que pudieran volver a anegarse con ella, quieren algo más de la gente de honor que el chiste de corrillo y la literatura de café, empleo indigno de los talentos levantados.
La gracia es de buena literatura; pero donde se vive sin decoro, hasta que se le conquiste, no tiene nadie el derecho de valerse de la gracia sino como arma para conquistarla.
La literatura verdadera está en la observación de los tipos originales, y en la expresión fiel e intensa de lo que el autor ve dentro y fuera de sí.
Escribir no es cosa de azar, que sale hecha de la comezón de la mano, sino arte que quiere a la vez martillo de herrero y buril de joyería; arte de fragua y caverna, que se riega con sangre, y hace una víctima de cada triunfador; arte de cíclope lapidario.
El sacrificio es un placer sublime y penetrante.
El desinterés es la ley del genio y de la vida.
Los pueblos son como los árboles, que no los conoce bien, ni sabe de los injertos que les puedan convenir o dañar, sino quien los conoce desde las raíces.
Quien en sí condensa un pueblo, es digno de figurar entre los que van a su cabeza.
Ningún espíritu extraordinario ama por sí, sino por no causar dolor a los que le han hecho la merced de quererlo.