La patria necesita sacrificios. Esfera y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella.

La revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de vida los factores opuestos que se desenvuelven en común.

La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella.

No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar.

¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?

La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie.

En propagar después del sacrificio el culto de los que supieron inmolarse, hay más honra que en haber ostentado en el sombrero, durante la inmolación, la cinta de hule de los sacrificadores.

El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud.

Hay un campo en que los hombres se dan las manos, que es el de la honradez, donde se respeta, y aun se ama por su virtud, a los adversarios constantes y veraces.