No hay accidente para el espíritu del hombre; no hay más que norte, coronado de luz.
La montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad arremolina y echa al suelo; en copa el árbol; y en cima ha de acabar la vida humana.
La batalla está en los talleres; la gloria en la paz; el templo en toda la tierra; el poema en la naturaleza.
No hay más difícil faena que ésta de distinguir en nuestra existencia la vida pegadiza y postadquirida, de la espontánea y prenatural.
Se viene a la vida como cera, y el azar nos vacía en moldes prehechos.
Cuando la vida se asiente, surgirá el Dante venidero, no por mayor fuerza suya sobre los hombres dantescos de ahora, sino por mayor fuerza del tiempo.
¡Qué es el hombre arrogante, sino vocero de lo desconocido, eco de lo sobrenatural, espejo de las luces eternas, copia más o menos acabada del mundo en que vive!
Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza invisible bajo la vida aparente, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra canto, a la manera con que el Guadiana misterioso corre luengo camino calladamente por bajo de las tierras andaluzas.
Asegurar el albedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición de ajenos prejuicios las naturalezas vírgenes; ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada: ¡he ahí el único modo de poblar la tierra de la generación vigorosa y creadora que le falta!