En poesía, como en pintura, se ha de trabajar con el modelo.
Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no poeta.
No está el arte en meterse por los escondrijos del idioma, y desparramar por entre los versos palabras arcaicas o violentas; ni en deslucirle la beldad natural a la idea poética poniéndole de tocado, como a la novia rusa, una mitra de piedras ostentosas; sino en escoger las palabras de manera que con su ligereza o señorío aviven el verso o le den paso imperial, y silben o zumben, o se arremolinen y se arrastren, y se muevan con la idea, tundiendo y combatiendo, o se aflojen y arrullen, o acaben, como la luz del sol, en el aire incendiado.
Cada emoción tiene sus pies, y cada hora del día; y un estado de amor quiere dáctilos, y anapestos la ceremonia de las bodas, y los celos quieren ambos.
Un juncal se pintará con versos leves, y como espigados, y el tronco de un roble con palabras rugosas, retorcidas y profundas.
En el lenguaje de la emoción, como en la oda griega, ha de oirse la ola en que estalla, y la que le responde, y luego el eco.
En el aparato no está el arte, ni en la hinchazón, sino en la conformidad del lenguaje y la ocasión descrita, y en que el verso salga entero del horno, como lo dió la emoción real, y no agujereado y sin los perfiles, para atiborrarlo después, en la tortura del gabinete, con adjetivos huecos, o remendarle las esquinas con estuco.
Este arte de los tonos en poesía no es nada menos que el de decir lo que se quiere, de modo que alcance y perdure, o no decirlo.