Sólo merece gobernar a los pueblos quien tiene menos flaquezas que ellos.
Las piedras del odio, a poco de estar al sol, hieden y se desmoronan, como masas de fango.
Los presidentes son para unir, no para dividir.
El hombre lleva en sí lo que lo pierde, que es el interés, y lo que lo redime, que es el sentimiento.
Trabaja inútilmente, porque será vencida, esa generación pueril de filoclastas que anda, por esclavitud de la moda, con traje de cinismo.
La inteligencia tiene sus petimetres, que son los que toman a pecho cualquier novedad que sale de las sastrerías, y sus verdaderos elegantes, que son los que llevan sus vestidos de modo que siempre están bien, porque no acatan ninguna exageración y siguen la gracia natural del cuerpo.
Mal va un hombre cuando no le da un vuelco el corazón al leer o presenciar un acto heroico.
Se nota en el lenguaje de los negros cultos un dejo de desolación que mueve a echarles los brazos.
La riqueza es al fin una patria, cuando no se la tiene propia.