Con independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es corona; y sin ella el genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de verse incapaz, se vuelve ponzoña.

Honrar a la patria es una manera de pelear por ella.

El lacayo muda de amo y se alquila al señor de más lujo y poder. El hombre de pecho libre niega su corazón a la libertad egoísta y conquistadora y adivina que el triunfo del mundo, más que en los edificios babilónicos caedizos, reside en la abundancia de generosidad, en aquella pasión plena del derecho que lleva a respetar el ajeno tanto como el propio.

Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la prudencia con respetos que lastiman su corazón, son acaso menos eficaces que la simpatía irresponsable y ambiente del pueblo decidido a favorecer en sus alrededores el triunfo de la libertad.

Lo que la cancillería, ahita de tratados de paz y respeto, no puede a veces intentar, lógralo, sin que se le pueda poner la mano encima, la ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo alzado contra los tiranos.

Las alianzas que contraen de sí propias las almas de los pueblos y se firman por los más puros de sus hijos ante el altar en que las mujeres y las niñas ofrendan flores a un hombre que sólo fué poderoso por el entendimiento y la bondad, son más duraderas y apetecibles que los contratos que suelen ajustar las necesidades políticas y los intereses.

De hombres tiernos y creadores necesita el mundo, que con las mieles de su corazón vayan cerrando las heridas que tiene que abrir en el bosque nuevo el hacha.

Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen.

Como con el agua fuerte se ha de ir tentando el oro de los hombres.