Que se marque al que no ame, para que la pena lo convierta.
Más bello será vivir en el lazo de los mundos, con la libertad fácil en un país rico y trabajador, como pueblo representativo y propio, donde se junta al empuje americano el arte europeo que modera su crudeza y brutalidad, que rendir el alma nativa, a la vez delicada y fuerte, a un espíritu nacional ajeno que contiene sólo uno de los factores del alma de la isla—que vaciaría en la isla pobre y venal los torrentes de su riqueza egoísta y corruptora—, que convertiría un pueblo fino y de glorioso porvenir en lo que Inglaterra ha convertido el Indostán.
¿Adónde, sino en las tumbas y en la miseria, están los hombres útiles?
Abrazo sea el mar, y uno los cubanos de la Isla y los de afuera.
Así se alzan los pueblos: no apedreándose las casas de acera a acera, ni recortándose los méritos como cortesanos envidiosos, sino reconociendo el mérito a pleno corazón, convidando a la virtud por el estímulo del respeto con que se la premia, juntándose los hombres en una casa sola, para venerar y amar.
Juntarse: esta es la palabra del mundo.
Como se apartan los ojos de las villanías, para que la piedad del silencio ayude a hacerlas menos feas y aborrecibles, así se ha de volver los ojos a los espectáculos de la virtud, para que se mantenga o reviva la esperanza en el alma de los hombres.
Suele la imprevisión humana tener a mal que el hombre bueno propague la justicia y salude el talento y la virtud, sin subir o bajar más el sombrero porque el padre del hombre virtuoso haya nacido en África o Europa; ¡pues si nació en África esclavo y de su esclavitud sacó al hijo que se hombrea con el hijo de los libres, mayor es la dificultad vencida, y más bajo debe ir el sombrero!
El peligro de educar a los niños fuera de su patria es casi tan grande como la necesidad, en los pueblos incompletos e infelices, de educarlos donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país naciente, o donde no se les envenene el carácter con la rutina de la enseñanza y la moral turbia en que caen, por la desgana y ocio de la servidumbre, los pueblos que padecen en la esclavitud.
Es grande el peligro de educar a los niños afuera, porque sólo es de padres la continua ternura con que ha de irse regando la flor juvenil, y aquella constante mezcla de la autoridad y el cariño, que no son eficaces, por la misma justicia y arrogancia de nuestra naturaleza, sino cuando ambas vienen de la misma persona.