Guerra es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última victoria.

En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay una poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia.

Agradecer es un gusto.

Los hombres siempre se están cayendo, es verdad, pero ven a uno que anda firme, y de la vergüenza todos le siguen andando.

El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha suprema de la humanidad.

La personalidad individual sólo es gloriosa y útil a su poseedor cuando se acomoda a la persona pública.

El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa.

Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella.

Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir y luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí.