Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a fuerza de convulsiones inmorales, una vulgar fortuna.
El odio canijo ladra y no obra.
Sólo el amor construye.
Se aborrece a los viles, y se ama, con las entrañas todas, a los hombres pudorosos y bravos.
Cuando se vive en villanía, no hay más que un pensamiento honrado, que ha de morder el corazón hasta que estalle y triunfe, y de quemarlo como una llaga, y de despertarlo en el reposo inmerecido: y es el de echar la villanía abajo.
En la deshonra, en la usurpación insolente del suelo en que se nació y del espacio en que pudieran abrir las alas nuestras facultades; en el comercio, hediondo como el pus, con la ralea que roba a nuestra tierra los frutos de su suelo y el decoro de sus hijos, y los corrompe y empobrece, sólo una especie de hombres puede vivir sin la perenne idea de mudarle el aire al cielo impuro: los hombres deshonrados.
Hombres hay para el pesebre, que viven de estrujar y de engullir; hombres de corral, a la verdad, que en el cieno están bien, que es blando y engorda.
Por el desinterés son bellos los hombres; y feos, y aun abominables, por el interés excesivo, que de la legítima prudencia sacan excusa para la inactividad y la avaricia.
Como con bubas en el rostro y jorobas en la espalda, andan por el mundo los que en las penas de él, y a la hora en que trabajan por remediarlas los corazones poderosos, pasan de prisa y como escondidos por donde el deber labra y padece, para que el deber no les sienta el paso egoísta y no les pida una migaja de su pan.