Es dado a ciertos espíritus ver lo que no todos ven.

Para otros la Tierra es un plato de oro, en que se gustan manjares sabrosos; y los hombres, acémilas, buenas para que los afortunados las cabalguen.

La prosperidad que no está subordinada a la virtud, avillana y degrada a los pueblos; los endurece, corrompe y descompone.

La perla está en su concha y la virtud en el espíritu humano.

La virtud crece.

El honor humano es imperecedero e irreducible, y nada lo desintegra ni amengua, y cuando de un lado se logra oprimirlo y desvanecerlo, salta inflamado y poderoso de otro.

Odian los hombres y ven como a enemigo al que con su virtud les echa involuntariamente en rostro que carecen de ella; pero apenas ven desaparecer a uno de esos seres acumulados y sumos, que son como conciencias vivas de la Humanidad, y como su médula, se aman y aprietan en sigilo y angustia en torno del que les dió honor y ejemplo, como si temiesen que, a pesar de sus columnas de oro, cuando un hombre honrado muere, la humanidad se venga abajo.

Se afirma un pueblo que honra a sus héroes.

La vida es relativa y no absoluta.

Los pueblos pueden necesitar de la protección, como un niño de andadores.