El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de este gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando lo privan de él.
No mueren nunca sin dejar enseñanza los hombres en quienes culminan los elementos y caracteres de los pueblos; por lo que, bien entendida, viene a ser un curso histórico la biografía de un hombre prominente.
En la elevación de cada hombre, por más que pueda parecer injusta y casual, hay causas fijas y de gran cuantía, ya residan por fuerza original en el encumbrado, ya dominen por fuerza nacional en el pueblo que los encumbra.
Todo gobernante representa, aun en las formas más extraviadas y degradantes del gobierno, una fuerza activa y considerable, visible u oculta; y cae, cualesquiera que sean su poder y aparato legal, cuando esta fuerza cesa, o él cesa de representarla.
No hay en los pueblos cosa más real que sus gobiernos.
Las repúblicas tienen, como excrecencias de su majestad y gusanos de su tronco, sus callejuelas y sus pasadizos; y así como en las horas de tormenta el instinto seguro del pueblo le lleva a elegir por guía el águila que cruza con más serenidad el aire, sucede en las horas de calma, cuando las águilas reposan, que las ambiciones, hábiles de suyo y agresivas, se entran por donde duerme la verdadera grandeza, que sólo da cuenta de sí cuando un peligro digno de ella viene a despertarla.
En un país de pensamiento, sólo por las sorpresas de la guerra puede subir un hombre inculto al poder.
No hay espectáculo, en verdad, más odioso que el de los talentos serviles.
Quien lisonjea, manda.