Esto mismo suelen hacer la mayoría de los escritores valencianos contemporáneos, sin fijarse en que tal recurso es inútil en nuestra lengua, puesto que si fonéticamente poseemos tres matices de la ch, también disponemos, desde el siglo XV, de tres signos para representarlos.
Tenemos, en efecto, la ch fuerte explosiva que nuestros clásicos han representado siempre en lo escrito por el signo ch [(6)]; por ejemplo: charnego, chillar, mancha, pòrche, gancho, archíu, punchar; la suave explosiva representada por g ó por j, según su etimología en principio y en medio de dicción; v. gr.: jove, Jaume, Jesús, mònja, marge, angel, Gil, geniva, penjar, menjar, jugar, fugir, y por la sílaba ig en fin de dicción; como: vaig, ròig, puig: y la fuerte continua ó fricativa que representamos con x como los catalanes; ejemplos: tixca, reixa, coixí [(7)].
Si la cosa, pues, está tan clara y es tan fácil de entender, ¿en qué consiste que los escritores valencianos contemporáneos hayan armado tal lío con estas benditas letras que ni los mestres en gay saber, ni el mismo Rat-Penat, verdadera academia de la lengua valenciana (de hecho, si no de derecho), se han atrevido á desenredarlo?
La contestación es bien sencilla y lo ocurrido es por demás racional y lógico; la casi totalidad de los escritores valencianos, ó son hijos de la capital, ó, por lo menos, residen en ella la mayor parte de su vida; y como precisamente aquí es donde no se pronuncia más que una ch, la explosiva fuerte ó castellana, al intentar reproducir gráficamente la palabra hablada, no pueden distinguir la letra fuerte de la suave y las funden en una sola.
Y ocurre que los escritores populares, como el pueblo es siempre lógico en sus consecuencias (pues aunque se equivoca muchas veces no es por deducir mal, sino por partir de premisas falsas), han adoptado para todos los matices de la ch el signo tradicional de la fuerte que es la que realmente pronuncian en todos los casos, escribiendo chincha y chinchol, muy lógicamente por cierto, puesto que así pronuncian una y otra palabra; pero defectuosamente en la segunda puesto que la pronuncian mal.
En cambio, los escritores eruditos, los mestres en gay saber, llevados honradamente del afán que todo purista siente de corregir abusos, al reaccionar contra aquella invasión de barbarismos, han traspasado las fronteras de lo justo y han caído en el extremo contrario, empleando como único signo el de la letra suave; es decir, la g ó j, escribiendo á su vez ginja y jinjol, con lo cual han logrado pecar tan gravemente como aquéllos, contra la verdadera ortografía valenciana.
Resulta, pues, en definitiva, que no hay hoy entre los escritores valencianos quien emplee correctamente los dos signos que en el lenguaje escrito representan los dos sonidos de la ch explosiva, el fuerte y el suave; y es ya hora de que se restablezca en toda su pureza la disciplina ortográfica tradicional que todos hemos quebrantado en lo relativo á estas letras.
Ya sé que ha de ofrecer esto no pocas dificultades por la razón arriba apuntada, por la imposibilidad de que los valencianos de la capital y su comarca distingan por el oído ambos sonidos; pero si se tiene en cuenta que lo mismo les ocurre con la b y la v, á pesar de lo cual no hay en Valencia ninguna persona medianamente culta que no emplee acertadamente estas letras al escribir, lo mismo en valenciano que en castellano, se comprenderá que la cosa no ha de resultar tan difícil como á primera vista parece.
Basta para ello fijar la atención (y los alicantinos y castellonenses que me lean verán que esto es cierto) en que la inmensa mayoría de las palabras que en valenciano llevan la ch fuerte, la llevan asimismo en castellano; mientras que las que en Valencia deben pronunciarse con sonido suave, tienen en Castilla j ó g; ejemplos: chapí, chavo, chiquet, chincha, archíu, bachiller, punchar, acacharse, borracho, coche, churro, carchófa, ganchet, chop, picher, suenan fuertes; Jaume, Jesús, Jusèp, Llògica, Fisiologia, jesmil, jipó, jèrra, menjar, borraja (planta), girasol, gemech, tarònja, canònge, regirar, regió y cuantas en igual caso se encuentren, suenan suaves: y lo propio ocurre con las dicciones que no llevando en su equivalente castellano ch ni g ó j, tienen una de estas dos últimas en la voz latina, como llegar, de legere; fugir, de fugere; jitar, de jacere; dejuni, de jejunium; jòu, de jugum; germá, de germanus; sagi, de sagina; ginoll, de genu; son tan pocas las palabras cuya ortografía no puede precisarse á primera vista por su origen latino ó por su parecido castellano, que casi no vale la pena de preocuparse de las excepciones (á veces más aparentes que reales) que hayan de hacerse á las anteriores reglas [(8)].
Hay, sin embargo, un grupo de palabras valencianas que deben escribirse con g ó j á pesar de que no la tienen en latín ni en castellano, y que son muy dignas de llamar la atención; son estas las que nuestros escritores del siglo XV y del XVI escribían con tg y que proceden de palabras latinas en que entra la combinación tic ó dic, como viatge de viaticus, metge de medicus, jutge y jutjar de judice y judicare; conviene tener muy presente en este caso, á fin de no dejarse arrastrar por prejuicios, que esta t que en aquellos siglos anteponían los valencianos á la g ó á la j, no era para forzar el sonido de éstas transformándolo en explosivo fuerte como lo hacen franceses y catalanes con la tch, la tx y la tj, sino que era simplemente cuestión de etimología; buena prueba es de esto que aunque por semejanza con aquéllos solían también escribir con tg algunas palabras que no la tenían en su origen, como oratge, cequiatge, peatge, mesuratge, las debían pronunciar con sonido suave, como aún se pronuncian actualmente en Alicante y Castellón, mientras que escribían con ch las que pronunciaban fuertes, como: porche y punchar á pesar de proceder de porticus y pungere. De todo esto se deduce que el empleo de la t antes de g en la ortografía valenciana es no sólo inútil sino perjudicial por cuanto expone al lector á forzar el sonido de la g, como franceses y catalanes fuerzan con igual procedimiento el de la j y la ch; debemos, por lo tanto, escribir viage, mege, juge, orage, cequiaje, como se escriben todas las palabras que se pronuncian con sonido suave.