Confío en que el convencimiento unánime de cuantos en Valencia se dedican al cultivo de las letras en la lengua materna, en lo referente á la necesidad de adoptar un código ortográfico del que hasta hoy carecemos en absoluto, hará que este ensayo sea bien recibido hasta por aquellos á quienes no logre convencer.
Réstame sólo explicar, contestando á la observación de algún amigo, el motivo de escribir el presente tratado en castellano, siendo así que sólo ha de servir para valencianos; la explicación es muy sencilla; en todas las escuelas públicas y privadas del reino de Valencia se enseña á leer y á escribir en castellano, pero no en valenciano; de aquí que todos los hijos de esta tierra seamos en lo literario castellanos y que en la lengua de Castilla estemos acostumbrados á recibir toda clase de enseñanzas, incluso la historia y la geografía de Valencia y el Catecismo de la Doctrina Cristiana que en castellano se enseña en todas las escuelas y en todas las iglesias del reino.
Así lo han entendido también los más eximios escritores contemporáneos (y su ejemplo es bastante á disculparme), escribiendo en castellano obras de asunto puramente valenciano, como Valencia, de Llorente; Historia de Denia, de Chabás; Sagunto, de Chabret; Antigüedades valencianas, de Teixidor, con adiciones y notas de Chabás; Diccionario de impresores valencianos, de Serrano Morales; los Diccionarios de artistas y de músicos valencianos, del Barón de Alcahalí; La catedral de Valencia, de Sanchis Sivera, y un sinnúmero de memorias y monografías de estos mismos maestros y de los señores Martínez Aloy, Vives Liern, Tramoyeres, Martí Grajales, Rodrigo Pertegás, Barberá, Guillén, Vilanova y cien y cien más.
Aparte de esto, escribir una ortografía valenciana en valenciano, sería prejuzgar la cuestión; y aunque no peco por exceso de modestia, no llega á tanto mi orgullo.
CAPITULO PRIMERO
Cuestión previa
¿Qué debe entenderse por ortografía clásica valenciana? ¿se trata, acaso, de imponer como ley de nuestro lenguaje escrito la forma en que escribían nuestros antepasados en el siglo XIII, en el XV, ni aun en el XVIII? ¿sería esto posible aunque alguien lo pretendiera?
Se necesitaría carecer en absoluto de sentido común para admitir tamaño absurdo; ni hay taumaturgo capaz de unificar en un solo código las mil y mil variantes que, no ya de un siglo á otro, sino entre escritores coetáneos saltan á la vista al primer examen, ni el valencianista más rabioso y fanático se atrevería á escribir hoy orthographia, phylosophia, parrochia, Thomás, Phelipe, chimica, Vrsula, mvla, ereu, òme, como en otros tiempos se ha escrito.
Porque como ya he dicho en otra ocasión, no son las lenguas vivas monolitos inconmovibles á cuyo pie desfilan generaciones tras generaciones sin dejar en ellos huellas de su paso; son, por el contrario, organismos en plena actividad que se transforman lenta, pero incesantemente, no sólo en virtud de las leyes biológicas que rigen su constitución íntima, sino por la presión que sobre ellos ejerce con influjo incontrastable el medio ambiente en que viven y las desviaciones que por atracción ó repulsión imprimen en su marcha fisiológica los organismos similares que les rodean, ora ayudándoles, ora combatiéndolos en su lucha común por la existencia.
¿Cómo es posible, pues, escribir hoy el valenciano (según algunos pretenden), como lo escribían Jaime Roig y Ausias March en el siglo XV ni siquiera como Carlos Ros en el XVIII? ¿Acaso las demás lenguas neo latinas, el castellano, el catalán, el francés, el italiano, se escriben hoy como hace dos ó trescientos años?
Conviene, por lo tanto, fijar el concepto de lo que debe entenderse por clasicismo en el problema de nuestro lenguaje escrito y deslindar de una vez para siempre lo que es propio y privativo del valenciano desde que éste empezó á ser lengua culta y escrita diferente del catalán, de lo que tiene de común con éste por su común origen, ó con el castellano por su influencia más ó menos legítima, pero cierta y positiva.