Después de penosas operaciones, por lo fangoso del terreno de Buhayen, la fortaleza de Moncay, Régulo del país, que era el que provocara la campaña, sufrió estrecho cerco hasta que los defensores de ella, comprendiendo que era inútil la defensa, la incendiaron y abandonaron á media noche; para ésto atacaron con furia nuestras líneas á fin de escapar y facilitar la huída de sus familias. Tan porfiado y sangriento fué el combate entre los moros y los manobos aliados defensores de aquel punto, que el campo quedó cubierto de cadáveres y gran número de combatientes perecieron en los pantanos.
Por aquellas fechas nuestras armas realizaron hechos gloriosos en la costa N., por más que el resultado en definitiva no resultase satisfactorio.
Los recoletos, establecidos de antiguo en aquella parte, proseguían con éxito sus trabajos, extendiendo su influencia á pesar de la oposición que encontraban en los naturales, sugestionados por el astuto Corralat.
Hacia el año 1624 el padre San Agustín, hombre valeroso y emprendedor que ejercía el curato de Cagayan, levantó el fuerte de Linao para poder rechazar los contínuos ataques de Corralat, que ambicionaba posesionarse de la costa N. ayudado por los Malanaos á quienes se había impuesto.
En una de las algaradas de éstos, el padre San Agustín, irritado por los daños causados á sus feligreses, los persigue derrotándolos en sus mismos pueblos, que fueron saqueados y destruídos; siendo aquella la primera vez que los españoles llegaran hasta la laguna.
A ruegos de los jesuitas, que creían tener mejor derecho que los recoletos al territorio de Lanao, el Gobernador general comisionó al Capitán Atienza para que pasase á la laguna y la tuviese por España, empresa que este valeroso Capitán realizó cumplidamente, conquistando y destruyendo cuanto se opuso á sus designios, Atienza dió la cura de almas á los recoletos por la eficaz ayuda que prestaron á la empresa.
Las intrigas que entre los mismos naturales se pusieron en juego por ambos bandos, motivó entre aquellos grande desprestigio de cuanto fuese patrocinado por el nombre español; así es que en la expedición de Pedro Fernández del Río, y posteriormente la de Bermúdez de Castro, fueron suficientes para evitar que los malanaos levantados en armas nos hicieran abandonar en definitiva su territorio.
Si en Malanao nuestros asuntos no andaban muy prósperos, por desgracia no era tampoco muy satisfactorio el aspecto de la lucha no interrumpida que sosteníamos contra Corralat, el que al frente de sus aguerridas tropas mermaba contínuamente, unas veces por la astucia y otras por su valor, nuestra influencia y poderío en Mindanao.
En esta época el valeroso Marmolejo, que marchaba con refuerzos al fuerte de Buhayen, retó al Sultán de Mindanao, el cual, si bien no aceptó el combate personal á que éste le citaba, esperó con más de 200 embarcaciones á la única que montaba Marmolejo. Tras tremenda lucha, en la que los moros iniciaron varias veces la retirada, y cuando no quedaba un solo hombre útil en el champán, Marmolejo fué hecho prisionero por Corralat; admirado este caudillo del valor temerario del castellano, le concedió la vida y la libertad sin exigirle rescate; liberalidad que contrasta con la orden de Corcuera para que Marmolejo fuese inmediatamente decapitado en Zamboanga.
En 1646 los holandeses intentaron la ocupación de Zamboanga, y vista la imposibilidad de ésto, el puerto de la Caldera, pero de ambas partes fueron rechazados con grandes pérdidas.