También en aquellas fechas ayudaba á acrecentar el poderío de los moros, las especiales condiciones sociológicas de los míseros habitantes de los pueblos cristianos.

La tributación que estaba obligado á satisfacer el indio súbdito de España era enorme y onerosa: contribución á la Hacienda; prestación personal; diezmo y santorun á la iglesia, mas las contribuciones extraordinarias para las atenciones de guerra, arrebataban al pobre cultivador el total beneficio obtenido en sus industrias. A más de ésto, la aplicación de justicia que se verificaba entre aquéllos como si fuese ya pueblo educado en los progresos de país civilizado; redundaba sólo en desprestigio del principio de autoridad, porque la tramitación lenta no daba en los casos oportunos lugar á la ejemplaridad de un pronto castigo.

El disgusto de los indios al observar que éramos impotentes para contrarrestar á los mahometanos, los usos y costumbres del moro que tanto se asemejaba á las suyas, y los ofrecimientos de éstos, que en aquella época desplegaban policía sagaz é inteligente para atraerse al indio, determinó una grande emigración á las islas del S. con la consiguiente despoblación de las provincias cristianas.

Más de un alcalde justificó esta despoblación con supuestas invasiones piráticas, pero lo que no admitía duda, es que crecido número de cautivos, después de rescatados, volvían de nuevo al lugar de su cautiverio.

Porque debe tenerse muy en cuenta, que la esclavitud que el mahometano impone en Filipinas no es la despótica de la raza blanca sobre la negra; es sólo una especie de obligación en la que el esclavo, si bien obedece ciegamente á su dueño y para él trabaja y por él muere, tiene la compensación de que constituye una parte de la familia, disfrutando en ella de todos los beneficios de la mancomunidad, y en los asuntos de interés general toma parte alternando con el ciudadano libre: á veces con sus mismos señores.

Desde que el Sultán Cachit Corralat con su astucia é indomable valor consiguiera en definitiva ventajas sobre nuestro Ejército, los Mindanaos, que no podrán apreciar las causas internacionales que obligaron á desamparar su territorio, y creyendo que ésto era resultado de su esfuerzo, cobraron nuevos alientos, pudiendo decirse, que desde entonces fué permanente en aquellos mares el estado de guerra.

Si alguna vez los moros se consideraban debilitados para continuar la lucha, ó si se veían en grave aprieto, era para ellos socorrido recurso el de solicitar paces, que se guardaban bien de cumplir una vez repuestos y que se consideraban con fuerzas para emprender nuevas degradaciones en los pueblos cristianos.

En 1749 se retiró la guarnición del fuerte de Tamontaca, encargado de proteger á los misioneros que allí se encontraban.

A poco, los moros pusieron estrecho cerco á Iligan, importante presidio de la bahía de Misamis, que sin el aliento del padre Ducos, encargado de su defensa, hubiese caído en poder del enemigo. Aumentados hasta 3.000, los moros atacaron á los pueblos de la jurisdicción de Misamis, pero los monteses de Tagoloan, Cagayán de Misamis y Lubungan, reunidos ante el peligro, los arrojan del territorio con grandes pérdidas.

La provincia de Caraga fué desvastada por los piratas llegando á saquear á Surigao, que era la capital; Butuan tampoco se libró de esta plaga asoladora, quedando desiertos sus pueblos más importantes.