En medio de tanto desastre se destaca el hecho heróico de Esteban de Figueroa, que mandaba la galera Santiago. Cercado este buque el 2 de Octubre de 1753 por 33 embarcaciones de Mindanaos Illanos, se bate con valor temerario, hasta el momento en que persuadido Figueroa de que la victoria era imposible por haber el enemigo invadido la galera, dió fuego al pañol de pólvora destruyendo así las naves piratas, al mismo tiempo que perdían la vida los 52 bizarros marinos que tripulaban la Santiago. Y no fué aquél el último ni tampoco el más sangriento desastre de aquella época calamitosa que distinguió á los últimos años del pasado siglo.

El fuerte de Tandag, baluarte el más seguro y cabecera de los dominios de la costa N., fué sitiado por mar y tierra en 1754 por todas las fuerzas que pudo reunir el Sultán de Tamontaca, cuyo número pasaba de 3.000 hombres é infinidad de embarcaciones. La guarnición del castillo se componía de una compañía española y otra pampanga, que en junto sumaban 300 hombres.

Cuando transcurridos dos meses del sitio, el hambre había diezmado á la guarnición, una mañana lluviosa, en la que se apagaban las mechas de cañones y arcabuces, los moros toman al asalto el baluarte, barriendo desde aquel punto los almacenes y sala de armas donde se habían refugiado los defensores. Conoce el castellano que no es posible prolongar la defensa, y dando muerte á su esposa se arroja sobre la morisma hasta caer acribillado de heridas, perdiendo la vida como asimismo toda la guarnición; pues los moros, irritados por las enormes pérdidas sufridas en el último ataque, prefirieron el placer de su venganza al valor que en la esclavitud hubieran representado aquellos infelices.

Sin la actividad incansable del padre Ducos, los moros se hubieran enseñoreado de toda la isla: pero éste, ayudado de Afreasio, Capitán entendido y valiente, derrotó á los moros en Panguil, Misamis, Ynitao y otros puntos de la jurisdicción de Ylígan, causando al enemigo una pérdida de más de 300 embarcaciones y muerte de 2.000 mahometanos, sin contar los cautivos que fueron libertados.

Esto amenguó mucho los ánimos de la morisma y á no ser porque la ocupación de Manila por los ingleses obligó al abandono de la activa campaña emprendida, difícilmente hubieran podido los mahometanos reanudar las sangrientas correrías que distinguieron los primeros años del presente siglo, en las que puede decirse que consiguieron la destrucción total de las provincias de Surígao y Misamis, desamparadas por completo por el Gobierno general del Archipiélago.

La preponderancia de los Mindanaos fué en aumento hasta el año 1846 en que la aplicación del vapor á los buques de guerra inició era de tranquilidad para los infelices indios de nuestras provincias, marcando de modo infalible la ruina del poder pirático de los malayo-mahometanos.

Establecidos los pequeños cañoneros de vapor, las embarcaciones piratas perdieron todas las ventajas que por su ligereza y poco calado para navegar en bajos y arrecifes les había dado hasta entonces gran superioridad sobre nuestras fuerzas marítimas encargadas de su persecución.

Méndez Núñez, Malcampo, Barcáiztegui, Apodaca, Madrazo, Ramos Izquierdo y otros bravos marinos que dieran á la patria días de gloria, son los encargados de mandar estas débiles embarcaciones, cuyos acerados cascos, dirigidos por manos expertas, dieran el golpe de gracia á la fiera chusma que durante tres siglos nos disputara el dominio de las Filipinas. Ya no fueron los estrechos canales guarida para el pirata en caso de peligro, ni el río desconocido refugio seguro como antes ocurriera; á los mayores elementos acompañaron hombres de mayor bravura y heroismo; expediciones de miles de piratas y numerosas embarcaciones de gran porte son destruídas por uno sólo de estos pequeños barcos, cuya dotación no excedía de 40 hombres; pero el desastre no arredra á aquellos fanáticos, y á una escuadrilla reemplaza otra, ganosos de renovar sus pasadas correrías, que tan fructíferas les fueran.

Deseoso de asestar el golpe de gracia á los piratas de Mindanao, valido de la superioridad de nuestras fuerzas marítimas, el Gobernador de Zamboanga resuelve la ocupación del delta del río Grande, centro del poderío mahometano en aquella isla. El valor sereno del vencedor del Callao, jefe de las fuerzas de mar, y el heroismo de Malcampo, lanzándose al asalto de la cotta de Pangalungan desde el bauprés de la Constancia, seguido de una compañía de desembarco, reverdecieron las glorias tradicionales de la marina, llevando el terror á nuestros enemigos, convencidos ya de su impotente inferioridad.

A la ocupación de Tumbao sigue la de Tavirán y otros puntos secundarios, que aseguraron de una vez y por completo la dominación de aquella parte de Mindanao.