(Se adelanta arrogante al medio, desafiando á todos con su mirada y blandiendo su acero.)

MINERVA.

(Con rostro altanero y mirada reluciente, dá un paso y exclama con voz tranquila:)

Temerario MARTE; que te olvidas de los campos troyanos do fuiste herido por un simple mortal: si tus razones se fundan en tu espada, las mías no temerán combatirte en tu terreno. Pero para que no se me tache de imprudente, quiero demostrarte que te equivocas mucho. CERVANTES siguió tus banderas, y te sirvió heróicamente en las aguas de Lepanto, donde su vida perdiera, si el DESTINO no le dedicase a un fin más grande. Si tiró la espada para coger la pluma, fué por la voluntad de los inmortales, y no por despreciarte, como tal vez te lo has imaginado en tu loco desvarío. (Y mas blandamente añade:) No seas, pues, ingrato, tú, cuyo magnánimo corazón es inaccesible al rencor y odiosas pasiones. Puso en ridículo la caballería; porque no era ya conveniente á su siglo; además, no son esas las luchas que a tí te honran, sino las batallas campales; tú lo sabes bien. Estas son mis razones, y si no te convencen, acepto tu reto.

(Dijo, y cual suele caliginosa nube, cargada de rayos, acercarse á otra en medio del Océano cuando el cielo se encapota, así MINERVA camina lentamente, embrazando su formidable escudo y enristrando la lanza, mensajera terrible de la destrucción. Tranquila es su mirada, pero aterradora: su voz tiene un sonido que infunde pavor.)

BELONA.

(Se pone al lado del iracundo Marte, dispuesto á ayudarle.)

APOLO.

(Al ver la actitud de BELONA, suelta la lira, coge el arco, arranca de la dorada aljaba una flecha, y colocándose al lado de MINERVA, tiende el arco, dispuesto á disparar)

(El Olimpo, próximo á desplomarse, se estremece, la luz del día se obscurece, y los dioses tiemblan).