—¡Respeto á los menores, respeto á las víctimas! gritó en voz hueca Pecson levantando en el aire un hueso de gallina.
—¡Dediquemos el pansit al chino Quiroga, uno de los cuatro poderes del mundo filipino! propuso Isagani.
—¡No, á la Eminencia Negra!
—¡Silencio! exclamó uno con misterio; en la plaza hay grupos que nos contemplan y las paredes oyen.
En efecto, grupos de curiosos estacionaban delante de las ventanas, mientras que la algazara y la risa en los establecimientos contiguos habían cesado por completo, como si prestasen atencion á lo que pasaba en el banquete. El silencio tenía algo de estraordinario.
—Tadeo, ¡pronuncia tu discurso! le dijo en voz baja Makaraig.
Se había convenido que Sandoval, como el que más cualidades de orador tenía, resumiría los brindis.
Tadeo, perezoso como siempre, nada había preparado y se veía en un apuro. Mientras aspiraba un largo sotanjun, pensaba en cómo salir del paso, hasta que recordó un discurso aprendido en la clase y se dispuso á plagiarlo y adulterarlo.
—¡Queridos hermanos en proyecto! comenzó gesticulando con los dos palitos de comer que usan los chinos.
—¡Animal! ¡suelta el sípit que me has despeinado! dijo un vecino.