—Pues entonces, un consejo: retírese ahora mismo y destruya cuantos papeles tenga que le puedan comprometer.
Basilio se encogió de hombros. Papeles no tenía ninguno, tenía apuntes clínicos, nada más.
—¿Es que el señor Simoun...?
—Simoun nada tiene que ver en el asunto, ¡gracias á Dios! añadió el médico; ha sido oportunamente herido por mano misteriosa y está en cama. No, aquí andan otras manos, pero no menos terribles.
Basilio respiró. Simoun era el único que le podía comprometer. Sin embargo pensó en Cabesang Tales.
—¿Hay tulisanes...?
—Nada, hombre, nada más que estudiantes.
Basilio recobró su serenidad.
—¿Qué ha pasado, pues? se atrevió á preguntar.
—Se han encontrado pasquines subversivos, ¿no lo sabía usted?