—¿Dónde?
—¡C—! en la Universidad.
—¿Nada más que eso?
—¡P—! ¿qué más quiere usted? preguntó el catedrático casi furioso; los pasquines se atribuyen á los estudiantes asociados, pero, ¡silencio!
Venía el catedrático de Patología, un señor que tenía más cara de sacristan que de médico. Nombrado por la poderosísima voluntad del Vice Rector sin exigirle más méritos ni más títulos que la adhesion incondicional á la corporacion, pasaba por ser un espía y un soplon á los ojos de los otros catedráticos de la Facultad.
El primer catedrático le devolvió el saludo friamente y guiñando á Basilio, le dijo en voz alta:
—Ya sé que Cpn. Tiago huele á cadáver; los cuervos y los buitres le han visitado.
Y entró en la sala de los profesores.
Algo más tranquilo, Basilio se aventuró á averiguar más promenores. Todo lo que pudo saber era que se encontraron pasquines en las puertas de la Universidad, pasquines que el Vice Rector mandó arrancar para enviarlos al Gobierno Civil. Decían que estaban llenos de amenazas, degüello, invasion y otras bravatas.
Sobre este hecho hacían los estudiantes sus comentarios. Las noticias venían del conserje, éste las tenía de un criado de Sto. Tomás, quien á su vez las supo de un capista. Pronosticaban futuros suspensos, prisiones, etc. y se designaban los que iban á ser víctimas, naturalmente los de la Asociacion.