Basilio recordó entonces las palabras de Simoun: El día en que puedan deshacerse de usted... Usted no terminará su carrera...
—¿Si sabrá algo? se preguntó; veremos quien puede más.
Y recobrando su sangre fría, para saber á qué atenerse y á la vez para gestionar su licenciatura, Basilio se encaminó á la Universidad. Tomó por la calle de Legazpi, siguió la del Beaterio y al llegar al ángulo que forma ésta con la calle de la Solana, observó que efectivamente algo importante debía haber ocurrido.
En vez de los grupos alegres y bulliciosos de antes, en las aceras se veían parejas de la Guardia Veterana haciendo circular á los estudiantes, que salían de la Universidad silenciosos unos, taciturnos, irritados otros, estacionaban á cierta distancia ó se volvían á sus casas. El primero con quien se encontró fué Sandoval. En vano le llamó Basilio; parecía que se había vuelto sordo.
—¡Efectos del temor en los jugos gastro-intestinales! pensó Basilio.
Despues se encontró con Tadeo que tenía cara de Pascuas. Al fin la cuacha eterna parecía realizarse.
—¿Qué hay, Tadeo?
—¡Que no tendremos clase, lo menos por una semana, chico! ¡sublime! ¡magnífico!
Y se frotaba las manos de contento.
—Pero ¿qué ha pasado?