—¡Nos van á meter presos á los de la Asociacion!
—¿Y estás alegre?
—¡No hay clase, no hay clase! y se alejó no cabiendo en sí de alegría.
Vió venir á Juanito Pelaez pálido y receloso; aquella vez su joroba alcanzaba el máximum, tanta prisa se daba en huir. Había sido de uno de los más activos promovedores de la asociacion mientras las cosas se presentaban bien.
—¿Eh, Pelaez, qué ha pasado?
—¡Nada, no sé nada! Yo nada tengo que ver, contestaba nerviosamente; yo les estuve diciendo: esas son quijoterías... ¿Verdad, tú, que lo he dicho?
Basilio no sabía si lo había dicho ó no, pero por complacerle contestó:
—¡Sí, hombre! pero ¿qué sucede?
—¿Verdad que sí? Mira, tú eres testigo: yo siempre he sido opuesto... tú eres testigo, mira, ¡no te olvides!
—Sí, hombre, sí, pero ¿qué pasa?