—Oye, ¡tú eres testigo! Yo no me he metido jamás con los de la asociacion, ¡sino para aconsejarles!... ¡no vayas á negarlo despues! Ten cuidado, ¿sabes?

—No, no lo negaré, pero ¿qué ha pasado, hombre de Dios?

Juanito ya estaba lejos; había visto que se acercaba un guardia y temió que le prendiera.

Basilio se dirigió entonces á la Universidad para ver si acaso la secretaría estaba abierta y para recoger noticias. La secretaría estaba cerrada, y en el edificio había extraordinario movimiento. Subían y bajaban las escaleras frailes, militares, particulares, antiguos abogados y médicos, acaso para ofrecer sus servicios á la causa que peligraba.

Divisó de lejos á su amigo Isagani que, pálido y emocionado, radiante de belleza juvenil, arengaba á unos cuantos condiscípulos levantando la voz como si le importase poco el ser oido de todo el mundo.

—¡Parece mentira, señores, parece mentira que un acontecimiento tan insignificante nos ponga en desbandada y huyamos como gorriones porque se agita el espantajo! ¿Es la primera vez acaso que los jóvenes entran en la cárcel por la causa de la libertad? ¿Dónde están los muertos, dónde los afusilados? ¿Por qué apostatar ahora?

—Pero ¿quién será el tonto que ha escrito semejantes pasquines? preguntaba uno indignado.

—¿Qué nos importa? contestaba Isagani; nosotros no tenemos por qué averiguarlo, ¡que lo averigüen ellos! Antes de saber cómo están redactados, nosotros no tenemos necesidad de hacer alardes de adhesion en los momentos como éste. Allí donde hay peligro, ¡allí debemos acudir porque allí está el honor! Si lo que dicen los pasquines está en armonía con nuestra dignidad y nuestros sentimientos, quien quiera que los haya escrito, ha obrado bien, ¡debemos darle las gracias y apresurarnos á unir á la suya nuestras firmas! Si son indignos de nosotros, nuestra conducta y nuestra conciencia protestan por sí solas y nos defienden de toda acusacion...

Basilio al oir semejante lenguaje, aunque quería mucho á Isagani, dió media vuelta y salió. Tenía que ir á casa de Makaraig para hablarle del préstamo.

Cerca de la casa del rico estudiante, notó cuchicheos y señas misteriosas entre los vecinos. El joven, no sabiendo de que se trataba, continuó tranquilamente su camino y entró en el portal. Dos guardias de la Veterana se le adelantaron preguntándole qué quería. Basilio comprendió que había obrado de ligero, pero ya no podía retroceder.