—¡¡¡Simoun!!!
Un silencio, producido por el asombro, sucedió á estas palabras. Simoun, el espíritu negro del Capitan General, el riquísimo comerciante en cuya casa iban para á comprar piedras sueltas, ¡Simoun que recibía á las señoritas de Orenda con mucha finura y les decía finos cumplidos! Por lo mismo que la version parecía absurda, fué creida. Credo quia absurdum, decía S. Agustin.
—Pero Simoun, ¿no estaba anoche en la fiesta? preguntó Sensia.
—Sí, dijo Momoy, ¡pero ahora me acuerdo! Dejó la casa en el momento en que íbamos á cenar. Se marchó para sacar su regalo de bodas.
—¿Pero no era amigo del General? ¿no era socio de don Timoteo?
—Sí, se hizo socio para dar el golpe y matar á todos los españoles.
—¡Ya! dijo Sensia; ¡ahora lo veo!
—Ustedes no querían creer á tía Tentay. Simoun es el diablo que tiene compradas las almas de todos los españoles... ¡tía Tentay lo decía!
Capitana Loleng se santiguó, miró inquieta hácia las piedras temiendo verlas convertidas en brasas; capitan Toringoy se quitó el anillo que había venido de Simoun.