—Simoun ha desaparecido sin dejar huellas, añadió Chichoy; La Guardia Civil le busca.

—¡Sí! dijo Sensia; ¡que busquen al demonio!

Y se santiguó. Ahora se explicaban muchas cosas, la riqueza fabulosa de Simoun, el olor particular de su casa, olor á azufre. Binday, otra de las señoritas de Orenda, cándida y adorable muchacha, se acordaba de haber visto llamas azules en la casa del joyero una tarde en que, en compañía de la madre, habían ido á comprar piedras.

Isagani escuchaba atento, sin decir una palabra.

—¡Por eso, anoche...! balbuceó Momoy.

—¿Anoche? repitió Sensia entre curiosa y celosa.

Momoy no se decidía, pero la cara que le puso Sensia le quitó el miedo.

—Anoche, mientras cenábamos, hubo un alboroto; la luz se apagó en el comedor del General. Dicen que un desconocido robó lámpara que había regalado Simoun.

—¿Un ladron? ¿Uno de la Mano Negra?

Isagani se levantó y se puso á pasear.