—Distingo... ¡Aray! ¡qué bruto eres! gritó sin querer Plácido mirándole con ojos iracundos, mientras se llevaba la mano á sus botinas de charol.
El catedrático oyó el grito, les vió y adivinó de qué se trataba.
—¡Oy, tu! espíritu sastre, le interpeló; yo no te pregunto á tí, pero ya que te precias de salvar á los demás, á ver, sálvate á tí mismo, salva te ipsum, y resuélveme la dificultad.
Juanito se sentó muy contento y en prueba de agradecimiento sacóle la lengua á su apuntador. Este entre tanto, rojo de vergüenza, se levantó y murmuró ininteligibles escusas.
Consideróle por un momento el P. Millon como quien saborea con la vista un plato. ¡Qué bueno debía ser humillar y poner en ridículo á aquel mozo coqueton, siempre bien vestidito, la cabeza erguida y la mirada serena! Era una obra de caridad, así es que el caritativo catedrático se dedicó á ella con toda conciencia repitiendo lentamente la pregunta:
—El libro dice, que los espejos metálicos están formados por el laton ó por una aleacion de diferentes metales, ¿es cierto ó no es cierto?
—Lo dice el libro, Padre...
—Liber dixit ergo ita est; no vas á pretender saber más que el libro... Añade despues que los espejos de cristal estan formados por una lámina de cristal cuyas dos superficies estan muy pulimentadas, teniendo en una de ellas adherida una amalgama de estaño, ¡nota bene! una amalgama de estaño. ¿Es esto cierto?
—Si lo dice el libro, Padre...
—¿El estaño es un metal?