—¡Llora de despecho!—pensó el intransigente y gritó:
—¡Aceptado, aceptado sin discusión!
Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario, el hombre empezó á elogiar el proyecto del joven. Este prosiguió:
—Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela, al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en el río y en el lago, carreras de caballos, levantar cucañas é instituir otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo que por razón de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectáculos muy hermosos y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de música son suficientes; así, evitamos esas riñas y enemistades, que hacen de los pobres músicos, que vienen á alegrar nuestras fiestas con su trabajo, unos verdaderos gallos de pelea, retirándose después mal pagados, mal alimentados, contusos y á veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar se puede principiar la construcción de un pequeño edificio para servir de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer orden, nuestros niños aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He aquí el proyecto á la ligera: el perfeccionarlo será la obra de todos.
Un alegre murmullo se levantó en la sala: casi todos asentían á lo dicho por el joven; sólo algunos murmuraban:
—¡Cosas nuevas! ¡cosas nuevas! En nuestra juventud...
—Aceptémoslo por ahora,—decían los otros;—humillemos á aquél.
Y señalaban al teniente mayor.
Cuando se restableció el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba la decisión del gobernadorcillo.
Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y por fin pudo tartamudear con los ojos bajos: