—¡Todo está cobrado ya!—dijo el gobernadorcillo.
Don Filipo se le acercó y le dijo amargamente:
—Sacrifiqué mi amor propio en favor de una buena causa; vos sacrificásteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo lo derribásteis.
Ibarra decía al maestro de escuela:
—¿Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto inmediatamente.
—¿Tiene usted un negocio?
—¡Tenemos un negocio!—contestó Ibarra con misterio.
Por el camino decía el viejo filósofo á don Filipo, que maldecía su suerte:
—¡La culpa es nuestra! ¡Vosotros no protestásteis cuando os dieron por jefe un esclavo, y yo, loco de mí, lo he olvidado!