—¡Pues á mí ni la comedia!—gritaba furioso el otro.
—¡Lo creo, tanto entendéis del uno como del otro!
Y el impío se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas profecías que el irritable maestro hacía sobre su vida futura.
Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba: agitaban el aire abanicos, sombreros y pañuelos; gritaban y lloraban los niños, lo que daba que trabajar á los sacristanes para echarlos del templo. Esto hacía pensar al concienzudo y flemático maestro de la Cofradía del Santísimo Rosario:
—«Dejad que los niños se acerquen á mí», decía N. S. Jesucristo, es verdad; pero aquí debe sobrentenderse «niños que no lloran.»
Una vieja, de las vestidas de guingón, la Hermana Putê, decía á su nieta, una chiquilla de seis años, que estaba á su lado arrodillada:
—¡Condenada! ¡estáte atenta, que vas á oir un sermón como el de Viernes Santo!
Y le dió un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo una mueca, alargó el hocico y arrugó las cejas.
Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los confesonarios. Un viejo, cabeceando, hacía creer á nuestra vieja que mascullaba rezos y hacía correr rápidamente los dedos por las cuentas de su rosario, que aquella era la manera más reverente de acatar los designios del cielo y poco á poco se puso á imitarle.
Ibarra estaba en un rincón; María Clara, arrodillada cerca del altar mayor en un sitio que el cura tuyo la galantería de hacer despejar por los sacristanes. Capitán Tiago, vestido de frac, se sentaba en los bancos destinados á las autoridades, por lo cual los chicos que no le conocían, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercársele.