Por fin llegó el señor alcalde con su estado mayor, viniendo de la sacristía y ocupando uno de los magníficos sillones, sobre una alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la banda de Carlos III y cuatro ó cinco condecoraciones más.
El pueblo no le reconoció.
—¡Abá!—exclamó un labriego;—¡un civil vestido de comediante!
—¡Simple!—le contestó el vecino codeándole:—¡es el príncipe Villardo, que vimos anoche en el teatro!
El alcalde subió de categoría á los ojos del pueblo, llegando á ser encantado príncipe, vencedor de gigantes.
Empezó la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dormían se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El P. Salví, á pesar de su gravedad, parecía muy satisfecho, pues le servían de diácono y subdiácono nada menos que dos agustinos.
Cada cual cantó bien, cuando le llegó el turno, con voz más ó menos nasal y pronunciación obscura, menos el oficiante que la tenía algo temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extrañeza de los que le conocían. Se movía sin embargo, con precisión y elegancia; decía el Dóminus vobiscum con unción ladeando un poco la cabeza y mirando hacia la bóveda. Al verle recibir el humo del incienso, se habría dicho que Galeno tenía razón admitiendo el paso del humo de las fosas nasales al cráneo por la criba del etmoides, pues se erguía, echaba hacia atrás la cabeza, caminaba después hacia el centro del altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitán Tiago le halló más majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda de caballo y babuchas de alta suela.
—Indudablemente,—pensaba,—un solo cura nuestro tiene más majestad que todos los emperadores.
Por fin llegó el deseado momento de oir al P. Dámaso. Los tres sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como diría el honrado corresponsal; el alcalde y demás gente de varas y bastones los imitaron; la música cesó.
Aquel paso del ruido al silencio, despertó á nuestra vieja hermana Putê, que ya roncaba, gracias á la música. Como Sigismundo, ó como el cocinero del cuento de Dornröschen, lo primero que hizo al despertarse fué dar un cogotazo á su nieta, que también se había dormido. Esta chilló, pero se distrajo pronto viendo á una mujer darse golpes de pecho convencida y entusiasmada.