Todos procuraron colocarse cómodamente; los que no tenían banco se sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo ó sus mismas piernas.

El P. Dámaso atravesó la multitud, precedido de dos sacristanes y seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareció al subir la escalera de caracol, pero pronto reapareció su redonda cabeza, después el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Miró á todas partes con seguridad, medio tosiendo; vió á Ibarra; un pestañeo particular dió á entender que no se olvidaría de él en sus oraciones; después una mirada de satisfacción al P. Sibyla y otra de desdén al P. Manuel Martín, el predicador de ayer. Concluida esta revista, volvióse disimuladamente al compañero diciéndole: «¡Atención, hermano!» Este abrió el cuaderno.

Pero el sermón merece capítulo aparte. Un joven que entonces aprendía la taquigrafía y que idolatra á los grandes oradores, lo estenografió; gracias á esto podemos traer aquí un trozo de la oratoria sagrada de aquellas regiones.

XXXI

El sermón

Fray Dámaso empezó lentamente, pronunciando á media voz:

«Et spíritum tuum bonum dedisti, qui dóceret eos, et manna tuum non prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.»

«¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitaste tu maná de su boca y les diste agua en su sed!»

«Palabras que dijo el Señor por boca de [ Esdras, libro II, cap. IX, vers. 20]