El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín palideció y se tragó saliva; aquello era mejor que el suyo.
Sea que el P. Dámaso lo notara ó estuviese aún ronco, es el caso que tosió varías veces poniendo ambas manos sobre el antepecho de la santa tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar: blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.
«¡Excelentísimo Señor (al alcalde), virtuosísimos sacerdotes, cristianos, hermanos en Jesucristo!»
Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el auditorio, cuya atención y recogimiento le llenaron de satisfacción.
La primera parte del sermón debía ser en castellano y la otra en tagalo: loquebantur omnes linguas[1].
Después de los vocativos y de la pausa, extendió majestuosamente la mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; después se cruzó de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de esta calma á la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto ímpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre si salir ó quedarse, pero ya el predicador empezaba á hablar con voz fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente en medicina.
«Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca, oid pues vosotros con los oídos del alma y del corazón, para que las palabras del Señor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves del Infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en el campo de nuestro venerable y seráfico P. S. Francisco. Vosotros, grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras del Satán infernal, ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David, al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial, más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y por haber»...—(El alférez arruga el ceño),—«sí, señor alférez, más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo, vence con denuedo al eterno tulisán de las tinieblas y á todos los secuaces de Luzbel y habría á todos para siempre extirpado, si los espíritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creación divina, este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que, valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudan bien á la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro, digo pues que este gran santo es únicamente un soldado último, un ranchero en nuestra poderosísima compañía, que desde el cielo manda nuestro seráfico P. S. Francisco, á la que tengo la honra de pertenecer como cabo ó sargento por la gracia de Dios.»
Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del párrafo otra cosa que las palabras guardia civil, tulisán, S. Diego y S. Francisco, observaron la mala cara que había puesto el alférez, el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regañaba á aquél porque no perseguía á los tulisanes. San Diego y S. Francisco se encargarían de ello, y muy bien, como le prueba una pintura, existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su cordón había contenido la invasión china en los primeros años del descubrimiento. Alegráronse, pues, no poco los devotos, agradecieron á Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes, S. Francisco destruiría también á los guardias civiles. Redoblaron, pues, la atención siguiendo al P. Dámaso, que continuó:
«Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum[2] como dice Cicerón, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi país, resulta que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades, Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas son pequeñas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...»
—¡Amén!—contestó el maestro de la V. O. T. y se santiguó.