Con esta figura de retórica, que aprendiera de un gran predicador en Manila, quería el P. Dámaso sorprender á su auditorio, y en efecto, su Espíritu Santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le tocara con el pie para recordarle su misión.
—¡Patente está á vuestros ojos!—dijo el Espíritu desde abajo.
«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aun en medio del día como lo hace el sol: así brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis patente á vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, patente, patente á todos, ¡patente!»
Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió á salir de su escondite mientras duró el sermón.
«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»—(la que tenía la imágen era de plata),—«tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro»—(el alcalde contiene la respiración)—«sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada»—(¡Ah! respira el alcalde)—«que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición.»
Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á poco. María Clara no atendía al sermón; sabía que Ibarra estaba cerca y pensaba en él mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los evangelistas, que tenía todas las trazas de un pequeño carabao.
«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por más que muchos de vosotros lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes ó herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!»
—¡Abá cosa ese pale Lámaso[3], ese!—murmuró el chino Carlos mirando con ira al predicador, que seguía improvisando, desencadenando una serie de apóstrofes é imprecaciones.
«¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes! ¡Dios os castiga ya desde esta tierra con cárceles y prisiones! ¡Las familias, las mujeres debían huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar á todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la villa del Señor!... ¡Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado, cortadlo, arrojadlo al fuego...!»
Fray Dámaso estaba nervioso, había olvidado su sermón y su retórica.