—Y ¿por qué?—pregunta éste sorprendido.
—Porque el alférez y la señora se han pegado y no pueden dormir.
—Diga usted al alférez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.
—¡Pues hay que suspender la función!—repitieron los soldados.
Don Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.
Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo á nadie una palabra acerca del incidente.
Después del trozo de zarzuela, que fué muy aplaudido, se presentó el príncipe Villardo retando á combate á todos los moros, que tenían preso á su padre; el héroe les amenazaba con cortarles á todos la cabeza de un solo tajo y enviarlas á la luna. Afortunadamente para los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego, sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros, arroja también espada y escudo y emprende la carrera; los moros, al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en imitarle: óyense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz, etc.—¡Tulisanes! ¡Tulisanes!—gritan unos.—¡Fuego! ¡ladrones!—gritan otros;—mujeres y niños lloran, ruedan por el suelo bancos y espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.
¿Qué había pasado?
Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano á los músicos para suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros, armados de sus viejos sables, los logran detener á pesar de su resistencia.
—¡Conducidlos al tribunal!—gritaba don Filipo,—¡cuidado con soltarlos!