Ibarra había vuelto y buscaba á María Clara. Las atemorizadas jóvenes se agarraron á él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías en latín.
Repuesta algún tanto la gente del susto, y habiéndose dado cuenta de lo que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían á los dos guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar á doña Consolación juntamente con el alférez.
—¡Para eso sirven!—gritaba una mujer remangándose y extendiendo los brazos; ¡para perturbar el pueblo! ¡No persiguen más que á los hombres honrados! ¡Allí están los tulisanes y jugadores! ¡Incendiemos el cuartel!
Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían de debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos á la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador, hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela; Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el príncipe Villardo; Balbino y los moros se esforzaban en consolar á los músicos, más ó menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto á otro hablando y arengando á todo el que encontraban.
Pero ya se había formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corrió á contenerlos.
—¡No alteréis el orden!—gritaba;—mañana pediremos satisfacción, se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!
—¡No!—contestaban algunos;—lo mismo hicieron en Calamba[1]; se prometió lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. ¡Queremos justicia por nuestra mano! ¡Al cuartel!
En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su actitud. Don Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vió á Ibarra.
—¡Señor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!
—¿Qué puedo hacer yo?—preguntó el joven perplejo, pero el teniente mayor ya estaba lejos.