Ibarra á su vez miró al rededor, buscando sin saber á quién. Por fortuna creyó distinguir á Elías, que presenciaba impasible el movimiento. Ibarra corre á él, le coge del brazo y le dice en español:
—¡Por Dios! haga usted algo, si puede; ¡yo no puedo nada!
El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.
Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco á poco, el grupo empezó á disolverse tomando cada cual una actitud menos hostil.
Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, con la bayoneta calada.
Entretanto ¿qué hacía el cura?
El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra las persianas, miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.
De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritería llegaban vagamente hasta él.—Uno de los criados, que vino sin aliento, le enteró de lo que pasaba.
Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie, el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen, el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y ¡cuando se aman! Se le figuró ver á Crisóstomo llevar en sus brazos á María Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.
Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco se dirigió á la plaza.