Allí encontró á los españoles que reprendían á los soldados, miró hacia los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vió vacíos.

—¡Padre Cura! ¡padre Cura!—le gritaban los españoles,—pero él no hizo caso y corrió en dirección á la casa de capitán Tiago. Allí respiró: vió en el trasparente caído una silueta, la adorable silueta, llena de gracia y suave de contornos, de María Clara, y la de la tía que llevaba tazas y copas.

—¡Vamos!—murmuró;—¡parece que sólo se ha puesto enferma!

Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa sombra desapareció.

El cura se alejó de aquel sitio sin ver á la multitud. Tenía delante de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas, que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael; la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad, pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.

La imaginación siguió viendo otras cosas más... pero ¿quién escribe todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?

Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

«¡Gracias mil veces, gracias infinitas á la oportuna y activa intervención del M. R. P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza, para evitar que le sucediese á su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los vecinos de San Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!»


[1] En 1879. [↑]