Sin cuidarse de nadie, se fué derecho á la cama de la enferma y tomándola de la mano:

—¡María!—dijo con indecible ternura, y brotaron lágrimas de sus ojos;—¡María, hija mía, no te has de morir!

María abrió los ojos y le miró con cierta extrañeza.

Ninguno de los que le conocían al franciscano sospechaba en él tiernos sentimientos; bajo aquel rudo y grosero aspecto nadie creía que existiese un corazón.

El padre Dámaso no pudo seguir más y se alejó de la joven, llorando como un niño. Fuése á la caída para dar rienda suelta á su dolor, bajo las favoritas enredaderas del balcón de María Clara.

—¡Cómo quiere á su ahijada!—pensaban todos.

Fray Salví le contemplaba inmóvil y silencioso, mordiéndose ligeramente los labios.

Sosegado algún tanto, le fué presentado por doña Victorina el joven Linares, que se le acercó con respeto.

Fray Dámaso le contempló en silencio, de pies á cabeza, tomó la carta que aquél le alcanzaba y la leyó sin comprenderla al parecer, pues preguntó:

—Y ¿quién es usted?