—Alfonso Linares, el ahijado de su cuñado...—balbuceó el joven.

El padre Dámaso echó el cuerpo hacia atrás, examinó de nuevo al joven y, animándose su fisonomía, se levantó.

—¡Con que eres tú el ahijado de Carlicos!—exclamó abrazándole;—ven que yo te abrace... hace unos días recibí carta suya... ¡con que eres tu! No te conocí... ya se ve, aún no habías nacido cuando dejé el país; ¡no te conocí!

Y el padre Dámaso estrechaba en sus robustos brazos al joven que se ponía rojo, no se sabe si de vergüenza ó de asfixia. El padre Dámaso parecía haber olvidado por completo su dolor.

Pasados los primeros momentos de efusión y hechas las primeras preguntas acerca de Carlicos y de la Pepa, preguntó el padre Dámaso:

—Y ¡vamos! ¿qué quiere Carlicos que haga por ti?

—En la carta creo que dice algo...—volvió á balbucear Linares.

—¿En la carta? ¿á ver? ¡Es verdad! Y ¡quiere que te procure un empleo y una mujer! ¡Hum! Empleo... empleo, es fácil; ¿sabes leer y escribir?

—¡Me he recibido de abogado en la Universidad Central!

—¡Caramba! ¿Con que eres un picapleitos? pues no tienes facha... pareces un madamisela, pero ¡tanto mejor! Pero darte una mujer... ¡hum! ¡hum! una mujer...