—Padre, no tengo tanta prisa,—dijo Linares confuso.

Pero el padre Dámaso se paseaba de un extremo á otro de la caída murmurando:

—¡Una mujer, una mujer!

Su rostro ya no estaba triste ni alegre; ahora expresaba la mayor seriedad y parecía que estaba cavilando. El padre Salví miraba toda esta escena desde lejos.

—¡Yo no creía que la cosa me diese tanta pena!—murmuró el padre Dámaso con voz llorosa;—pero de dos males el menor.

Y levantando la voz y acercándose á Linares:

—Ven acá, mozo,—dijo;—vamos á hablar con Santiago.

Linares palideció y se dejó arrastrar por el sacerdote, que marchaba pensativo.

Entonces le tocó á su vez al padre Salví el turno de pasearse, meditabundo como siempre.

Una voz que le daba los buenos días le sacó de su monótono paseo; levantó la cabeza y se encontró con Lucas, el cual le saludaba humildemente.