—¿Qué quieres?—preguntaron los ojos del cura.

—¡Padre, soy el hermano del que murió el día de la fiesta!—contestó en tono lacrimoso Lucas.

El padre Salví retrocedió.

—Y ¿qué?—murmuró con voz imperceptible.

Lucas hacía esfuerzos para llorar y se enjugaba los ojos con el pañuelo.

—Padre,—decía lloriqueando,—he estado en casa de don Crisóstomo para pedir la indemnización... Primero me recibió á puntapiés, diciendo que él no quería pagar nada, pues había corrido peligro de morir por culpa de mi querido é infeliz hermano. Ayer volví para hablarle, pero ya se había marchado á Manila, dejándome, como por caridad, quinientos pesos y encargándome que no volviese jamás. ¡Ah, padre, quinientos pesos por mi pobre hermano, quinientos pesos! ¡Ah, padre!...

El cura le escuchaba al principio con sorpresa y atención, y lentamente se reflejó en sus labios una sonrisa tal de desprecio y sarcasmo á la vista de aquella comedia, que, si Lucas la hubiese visto, se habría escapado á todo correr.

—Y ¿qué quieres ahora tú?—le preguntó volviéndole las espaldas.

—¡Ay, padre! decidme por amor de Dios qué debo hacer: el padre ha dado siempre buenos consejos.

—¿Quién te lo ha dicho? Tú no eres de aquí...