—Pues lo siento mucho,—decía el doctor;—el padre Dámaso lo sentirá mucho también.
—Y ¿á dónde dice usted que le trasladan?—preguntó Linares al cura.
—¡A la provincia de Tayabas!—respondió éste negligentemente.
—Quien lo sentirá mucho también es María cuando lo sepa,—dijo capitán Tiago;—le quiere como á un padre.
Fray Salví le miró de reojo.
—Creo, padre,—continuó capitán Tiago,—que toda esta enfermedad viene del disgusto que ha tenido el día de la fiesta.
—Soy del mismo parecer, y ha hecho usted bien en no permitir al señor Ibarra que le hablase; se hubiera agravado.
—Y si no fuera por nosotras,—interrumpe doña Victorina,—Clarita ya estaría en el cielo cantando alabanzas á Dios.
—¡Amén Jesús!—creyó deber decir capitán Tiago.
—Fortuna para usted que mi marido no haya tenido enfermo de más categoría, pues hubiera usted tenido que llamar á otro y aquí todos son ignorantes; mi marido...