—Creo y sigo en lo que he dicho,—la interrumpe á su vez el cura;—la confesión que María Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale más que muchas medicinas, y ¡cuidado que no niego yo el poder de la ciencia, sobre todo el de la cirugía! pero una conciencia limpia... ¡Lean ustedes los libros piadosos y verán cuántas curaciones operadas por sólo una buena confesión!
—Usted perdone,—objeta doña Victorina picada;—eso del poder de la confesión... ¡cure usted á la mujer del alférez con una confesión!
—¡Una herida, señora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir la conciencia!—replica severamente el padre Salví;—sin embargo, una buena confesión la preservaría de recibir en adelante golpes como los de esta mañana.
—¡Lo merece!—continúa doña Victorina, como si no hubiese oído cuanto dijo el padre Salví.—¡Esa mujer es muy insolente! En la iglesia no hace más que mirarme, ¡ya se ve! es una cualquiera; el domingo yo le iba á preguntar si tenía monos en la cara, pero ¿quién se mancha hablando con gente que no es de categoría?
Por su parte el cura, como si tampoco hubiese oído toda esta perorata, continuó:
—Créame usted, don Santiago; para acabar de curar á su hija es menester que haga una comunión mañana; le traeré el viático... creo que no tendrá nada de qué confesarse, sin embargo... si quiere conciliarse esta noche...
—No sé,—añadió al instante doña Victorina aprovechando una pausa,—no comprendo cómo puede haber hombres capaces de casarse con tales espantajos, como esa mujer; de lejos se ve de dónde viene; se le conoce que se muere de envidia; ¡ya se ve! ¿qué gana un alférez?
—Con que, don Santiago, diga usted á su prima que prevenga á la enferma de la comunión de mañana; vendré esta noche á absolverla de sus pecadillos...
Y viendo que la tía Isabel salía, le dijo en tagalo:
—Preparad á vuestra sobrina para confesarse esta noche; mañana le traeré el viático; con eso convalecerá más pronto.